CAPITULO SEIS

(Color, luces y apagon)


Cosas que hacer en el Monasterio cuando las conquistas y argucias te tientan a arrasar tierras que ni son las tuyas ni de tu propia contienda.


Estabamos en cuarto curso. Ya eramos mayores, ya paciamos libretas cuadriculadas como autenticos maestros de la esgrima entintada. Todos eramos conocedores ya del poder de la pizarra, pero los recreos para mi no eran sino la cruz de aquella estampa. Asi que un dia, a las 10, tras la segunda clase del dia, tome las tizas, las mas diversas, y sobretodo, huyendo de la poligonal blanca. Y algo debio salir, algo debio de esgrimir esa media hora en la que, de manera prohibida por el estatus escolar, yo me quede solo ante aquel panel descomunal. Pasado este interludio bocatero, los demas llegaron, la profe, otra... Mejor, mas moderna, mas resuelta, mas sensible, mas en sus verdaderos trece. Y ella si lo vio, ella si lo contemplo. Era genial... Mas para un chico recien salido del preescolar. Asi que ahi quedo... Esa obra, que, afortunadamente, se encontraba en la pizarra adyacente a la de la ensenyanza y doctrina circunstancial del metodo educativo. Yo no le di mayor importancia, para mi apenas fueron 30 minutos de templanza, pero esos trazos sobresalieron y hasta una semana duraron sin llegar a ser borrados de arduos plumazos, obviamente, necesarios.

Vengan a mi inquisiciones asi, de las que estiman el valor del potencial autentico y, no obstante, de las que saben que se debe proseguir pues la vida de un infante no es la huella de un cadaver.


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