EL DECAMENTON DE BOCCACIO

(El pasaje que nos lleva a Andreuzzio)

Y, volviéndose a Panfilo, que a su diestra se sentaba, dijole agradablemente que con un relato suyo diese principio a los demás. Oida la orden, Panfilo, prestamente, comenzó asi, mientras todos le escuchaban:

Micer Ciappeletto, con una falsa confesión, tima a un santo fraile y muere., y, habiendo sido pésimo hombre en vida, es, muerto, reputado por santo y llamado San Ciappelletto.

_Conveniente cosa es, queridísimas amigas, que en cualquier cosa que el hombre haga, por el santo y admirable nombre de que narremos, yo, como primero, dare comienzo, me propongo empezar por una de las maravillosas cosas divinas, para que, cuando las oigáis, nuestra esperanza en EL como en cosa impenetrable se afirme y sea por siempre de nosotros loado su nombre.
Manifiesto es que todas las cosas temporales son mortales y transitorias, y que en si mismas y fuera de si hallanse llenas de enojos, angustias y fatigas, estando sujetas a infinitos peligros. Y por eso no podríamos los que vivimos mezclados en ellas y de ellas somos parte, perdurar en ellas ni sostenernos si especial gracia de Dios no nos prestase fuerza y perspicacia. No se ha de creer que tal gracia descienda sobre nosotros por merito propio alguno, sino por la benignidad de Dios y por los ruegos de quienes, como nosotros, fueron mortales y, aunque siguieron sus placeres mientras vivieron, ahora con El se han tornado eternos y bienaventurados. A ellos aludimos para que, como intercesores informados por experiencia de nuestra fragilidad, nos otorguen las cosas que consideramos oportunas (y si asi hacemos es, acaso, por no sentirnos lo bastante audaces para dirigir nuestras mas altas plegarias al mas alto Juez).  Y acontece que como en El, hacia nosotros lleno de piadosa liberalidad, no podemos con la penetración de ojo mortal escrutar en modo alguno el secreto de su divina mente, a veces, coartados por la opinión, hacemos intercesor ante su divina majestad a quien de ella, con eterno destierro, ha sido expulsado. Mas, no obstante, El, para quien nada estA oculto, mirando mas a la pureza de que suplica que a su ignorancia o al exilio de aquel a quien se ruega, satisface a los impetrantes como si hubieran orado a un santo. Esto, manifiestamente, no me refiero al juicio de Dios, sino al que los hombres siguen…
Cuentase, pues, que habiendo Musciatto Franzesi, de grande y riquísimo mercader de Francia, pasado a ser caballero y debiendo encaminarse a Toscana con el hermano del  Rey francés, micer Carlo Sintierra (a quien mando acudir el papa Bonifacio), entendió que estaban sus asuntos, como lo están las mAs veces los de comerciantes, muy embrollados aquí y aculla sin que cupiese desentramarlos a la ligera ni prestamente, por lo que resolvió confiarlos a terceras personas. Para todo encontró recursos, y solo andaba en duda de quien podría ser bastante hábil para rescatar ciertos créditos abiertos a unos suecos. Y la razón de su duda era que conocía que los suecos son gentes turbulentas, de mala condición y desleales., y no le venia a las mientes quE hombre pudiera haber tan malvado que lo pudiera, con alguna confianza, oponer a la perversidad de aquellos. Y habiendo sobre este negocio pensado luengamente, acudiole a la memoria un tal micer Ciappello de Prato, que mucho solia frecuentar su casa en Paris. Y por ser menudo de su persona, y muy rechonchuelo, e ignorando los franceses lo que Ciapperello significaba, creían que Ciappello venia a querer decir, en su parla vulgar, guirnalda. Asi, como El era enfant, según decimos, no le llamaban Ciappello, sino Ciappeletto, y por Ciappelletto le conocían todos, y muy pocos por micer Ciapperello.


Era Ciapperello de la siguiente condición: siendo notario, tenia a grandísima afrenta el que uno de sus documentos (por pocos que fueran) no fuese falso. De estos hacia cuantos le encargasen, y de mejor grado, aunque te los regalara, que los de la otra clase, por bien remunerados que fueren. Con sumo deleite levantaba falsos testimonios, requerido o no para ello., y como en aquellos tiempos se prestaba en Francia a los juramentos grandísima fe, El, que no se curaba de jurar en falso, malvadamente testimoniaba en cuantas ocasiones era llamado para sobre su fe la verdad. Sentia sumo placer, y se afanaba con fruición, en promover entre amigos y parientes, y cualesquiera otras gentes, males, enemistades y escándalos, recibiendo tanto mayor alborozo cuanto mayores males veía seguidos de ello. Si le invitaban a un homicidio o a cualquier otra cosa punible, nunca se negaba, dispuesto a lesionar y matar hombres con sus propias manos. Era gran blasfemador de Dios y de los Santos, y lo hacia por cualquier menudencia, porque era iracundo como nadie. No frecuentaba la iglesia jamás, y escarnecía, como cosa vil, todos los sacramentos con abominables palabras, mientras, por el contrario, visitaba y usaba con gusto tabernas y lugares deshonestos. Alejabase de las mujeres como los perros de las estacas, y deleitabase en lo opuesto como ningún otro desgraciado de su jaez. 

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