(La Casa de Bernarda al Alba)

Su nombre era Marcelina. Campestre de las buenas. Y no paró de currar hasta que amaneció. Entonces claro, entró en depresión. Y digamos que… “La casa se le vino encima”. Que como rima… No, no se folló a ninguna prima. Ahora, eso sí, de perfiles, nortes y ‘pa lante’, no había quién la venciese. El oro le dieron. A quién? Pues a la mejor. Más de 50 años. Toda una trayectoria. Así lo afirmaba su dorada medalla.

Y el caso es que, para qué lo vamos a negar. Dejó de regar como habitual era, sus plantas. Quizá, tal vez, fuese más bien su otra hermana quien de esto se encargara. Pero ya digo, ella se llamaba María Teresa, y… Murió. Fue entonces cuando las telarañas impregnaron su hábitat, cuando los marcos auguraron su pedestal. Y, sobretodo, fue entonces cuando, una pareja de viajantes ‘extraordinarios’, apareció. Los dos muy jovencitos, quizá, tal vez, demasiado para amenizar aquel desamparo. Quizá no. Y ellos… Bueno, simplemente digamos que estaban de ‘vacaciones’, lo cual, obviamente, no los haría allí mucho perdurar.

La vida de Marcelina era discreta en lo que se refiere a los aledaños de su casa. Sin embargo, su voz era temible, era fuerte, rotunda, ancestral, de un grito podía ponértelas como escarpias. De eso sí que no había alguna duda. Tantos años de labranza la habían dotado de una especie de poderío singular. Es decir, tan pronto estaba en las eras, como tan pronto en la alacena. Y claro, esto trajo conflictos a su alrededor, trajo injurias y calumnias que como todo dios sabe, se siembran fácilmente, pero se recolectan a duras penas. Aún con todo, Marcelina, seguía trabajando. Aun que, esta vez ya, con una Dra. A sus cuidados. Podría Marcelina deshacerse de aquel pesar con simplemente lamentar o, tal vez la compra de cada día en el supermercado, el que fuere, la iban a levantar?

Fue entonces cuando la Dra. Hubo de hablar con el Dr. Y ahí halló la solución. “Un buen susto acabaría con todo su profundo lidiar”.

Así pues, Marcelina, que era muy religiosa ella, en lugar de como costumbre era ir directamente a abrir la nevera para sacar la comida de su macilenta perra, lo vio. Sí, ahí enfrente toda la vida lo tuvo y sin embargo nunca se había percatado a mirarlo. Era un santo. El apóstol Santiago. Más allá de Antonio Machado, más allá de Cervantes, más allá incluso que de la fotografía de militar de su jovencito padre; destendió la ropa, hizo las camas y tuvo un largo, placentero y encomiable sueño.

Esto, cómo no, la puso de nuevo en marcha.

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