El hombre que pudo con su alma

Chanç era un tipo común, digamos… Del común de los mortales. Sus aspiraciones eran comunes, digamos… De las que se sustentan mediante comunes comuniones. Y un día… Recibió esta nota:

“Hay hígados frescos en la nevera, no tengo nociones de medicina pero sé que usted los sabrá apreciar”.

Nuestro querido Chanç tampoco las tenía, y, de hecho, los hígados no eran precisamente su plato favorito. Sin saber porqué, prefería las tiroides. Y el caso era bien sencillo; era Lunes por la mañana, tres días de arrollador poniente acababan de hacerse cargo de una población desmenuzada de esperanza eufórica hedionda, algo había sucedido a nivel infrauniversal y, sin embargo, él seguía sin tener aquella cuestión del todo muy clara.

Así pues, no lo vamos a negar, el culo se le encogió al recibir la susodicha notificación y, algo en sus intestinos (quien sabe si delgados o gruesos), empezó a estremecerse con la turbulencia de un tornado porcino. Es decir, Chanç aquella mañana, no las tenía todas consigo.

Aún así, masculló algo. O, al menos, le pareció oír entre tanto vaivén celular un sonido más allá de su propio ombligo. Es decir, le rechinaron los dientes. Por ello, no pudo por más que lavárselos, hacer sus encías sangrar y adecuarse a la vestimenta que para hoy le tocaría llevar. Chanç, trabajaba en una vulgar oficina.

Al volver, después de todo un día de letal fijación drogodependiente hacia su particular quehacer laboral, Chanç, recordó la nota. Estaba escrita en sangre. Era lo único razonablemente sensato que de su visión memorial podía atisbar ya que, mucho antes de todo, incluso casi antes de leerla, le prendió fuego la misma mañana de su recepción. Y, la verdad, esto, amainó sus ansias de cenar esa noche para la cual ya había preparado unas, aparentemente apetecibles, gachas. Las torrijas nunca fueron su fuerte, más bien, su condado.

Ahora bien, cuando salió al porche a encender como de costumbre y habitual era, su preciada pipa tallada manualmente en madera de arce, repleta de su preciado y aromático tabaco oscuro y graznado que siempre se cuidaba de verter en ella hasta hacerla rebosar… Entonces Chanç la vio. O más bien, la medio vio. Sí, era un pedazo lunar, más bien una porción; de galaxias y ejes cósmicos tampoco supo nunca muy bien discernir, pero… Fue cuando, sin poder evitarlo, ni corto ni perezoso, se despertó.


Comentarios

Entradas populares