LA PIJA DEL GENERAL

(Una bragueta entre reclutas 2)

Ella era una chica rubia. Sagaz, valiente, avanzada, imponente, diestra, persuasiva, y nunca decía la verdad. Su ascenso en la escala militar fue espasmódico para sus superiores que la veían progresar con la seguridad y firmeza de un bisonte felino.

Su padre era general. De la armada estadounidense. Viudo, poderoso, algo débil y esmirriado pero con un poder de influenciación un tanto inhóspito.

La encontraron aquel día. Sí, muerta. O eso parecía. Atada. Salvajemente. Desnuda. En la posición del Hombre de Vitruvio. Y apareció un bailarín. De las cloacas. Encomendado de resolver el misterio. 
En el transcurso lo acompañaría una mujer. De clase media. Ambos tratarían de derrocar los entramados de una institución tiránica que no conocía la compasión ni el perdón para con aquellos a los que había engullido.

Lo primero que hicieron, aparte de flirtear un poco, fue acudir a la casa de la víctima. Allí encontraron de todo. Lo bueno, malo, habido y por haber. Pero un detalle. Un pasadizo oscuro, escalonado, en pendiente, al modo de las criptas de Hawskmoore. Al adentrarse transitándolo pasaron justo por el lado de un cactus que se encontraba a media altura. La mujer se pinchó un poco en el hombro pues los dos habían empezado a presentir algo de miedo y avanzaban pegados el uno al otro como dos ardillitas temerarias. De pronto la obscuridad se hizo ingobernable y ya no había candela tras la estela que a ambos albergaba en aquel tenebroso trance. Pero si un brillo. Un vago brillo. 

Desconcertante, singular, nimio, hiriente. La llamada AGUJA DE CLEOPATRA. Acompañada, tan solo, por aquel obelisco rotundo y ancestral en el que el poso de la historia, de toda la historia del hombre, radicaba y se asentaba. La Columna de Trajano. Os preguntaréis, y todo esto qué tiene que ver? Pues es fácil. Seguid acompañándome y veréis...

Y allí estaba ella, la verdadera prueba, en unas cintas de VHS. Un formato magnético de reproducción de principios de los años 80. Sí, la so-do-mí-a...; con prontitud hicieron acopio de todo el material posible y en un regreso acalorado volvieron a sus derroteros y quehaceres.

El siguiente paso fue establecer contactos con los posibles implicados del crimen, descartar impresiones, tantear machitos de uniforme y toalla en los vestuarios de aquellas rectas instalaciones. El general sólo quería saber la verdad sobre su hija, pero la verdad era tan escabrosa y terrible que pronto empezaría a descomponerse ante la invasión de los acontecimientos.

Entonces hubo entre medias un pequeño lio, de pistolas y disparos y un poco de sangre y la mafia por detrás, pero na. A lo sumo dos o tres cabecillas menos.

La cuestión que se repetía sin cesar una y otra vez en aquel panorama estatal era, quién podía haber llevado a cabo semejante atrocidad a ojos de la noche y expensas del día? Nuestros dos protagonistas no desesperaron y como culebras dadivosas y reptantes se fueron intercalando entre los cimientos de aquella institución.

Llegaron a un punto pues de ‘no retorno’, y cuando se quisieron dar cuenta ya estaban apoderándose de los informes clínicos y prehistóricos que al parecer la joven rubia había dejado tras de sí en su meteórica ascensión. Una sobre-dotada, aseveraba el que por aquel entonces fuere su psiquiatra. El estímulo de la pareja iba en augmento al tiempo que su intriga y perseverancia se afianzaban. Entonces, un par de sencillas preguntas ejecutadas por la mujer a uno de aquellos chulitos de tupé, pectoral y escroto, desveló la clave de todo.


Al parecer se la habían pinflado entre cinco o seis, siete u ocho en medio de un ejercicio campal de entrenamiento. Afirmaban entre el pánico tembloroso que hace rechinar los dientes, que había sido ella. Una calientapollas, al fin y al cabo. Pero cuando el veredicto de la ley puso todo el peso sobre ese crimen desgarrador y atroz, las cabezas comenzaron a rodar y dicen, que hasta el mismo padre dejó de cosechar manzanas.

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