ODISEA (II)

Mas cuando, recorriendo el áspero camino, halláronse a poca distancia de la ciudad y llegaron a la labrada fuente de claras ninfas, de la cual tomaban el agua los ciudadanos -era obra de Itaco, Nérito y Polictor; rodeábala por todos lados un bosque de álamos, que se nutren en la humedad; vertía el agua, sumamente fresca, desde lo alto de una roca; y en su parte superior se había construido un altar a la ninfas, donde todos los caminantes sacrificaban-, encontróse con ellos el hijo de Dolio, Melantio, que llevaba las mejores cabras de sus rebaños para la cena de los pretendientes y le seguían dos pastores. Así que los vio increpóles con palabras amenazadoras y groseras, que conmovieron el corazón de Ulises:

- Ahora se ve muy cierto que un ruin guía a otro ruin, pues un dios junta siempre a cada cual con su pareja. ¿A dónde, no envidiable porquero, conduces ese glotón, ese mendigo importuno, esa peste de los banquetes, que con su espalda frotará las jambas de muchas puertas no pidiendo ciertamente trípodes ni calderos, sino tan sólo mendrugos de pan? Si me lo dieses para guardar mi majada, barrer el establo y llevarle el forraje a los cabritos, bebería suero y echaría gordo muslo. Mas, como ya es duro en malas obras, no querrá aplicarse al trabajo; antes irá mendigando por la población para llenar su vientre insaciable. Lo que voy a decir se cumplirá: si fuere al palacio del divino Ulises, rozarán sus costados muchos escabeles que habrán hecho llover sobre su cabeza las manos de aquellos varones.

Así dijo; y acercándose, diole una coz en la cadera, locamente; pero no le pudo arrojar del camino, sino que el héroe permaneció muy firme. Entonces se le ocurrió a Ulises acometerle y quitarle la vida con el palo o levantarlo un poco y estrellarle la cabeza contra el suelo. Mas al fin sufrió el ultraje y contuvo la cólera de su corazón. Y el porquerizo baldonó a otro, mirándole cara a cara, y oró fervientemente, levantando las manos:

- ¡Ninfas de las fuentes! ¡Hijas de Zeus! Si Ulises os quemó alguna vez los muslos de corderos y de cabritos, cubriéndolos de pingüe grasa, cumplidme con este voto: ojalá vuelva aquel varón, traído por algún dios, pues él te quitaría toda esa jactancia con que ahora nos insultas, vagando siempre por la ciudad mientras pastores perversos acaban con los rebaños.

Replicole el cabrero Melantio:

- ¡Oh dioses! ¿Qué dice ese perro, que sólo entiende de bellaquerías? Un día me lo tengo que llevar lejos de Itaca, en negro bajel de muchos bancos, para que, vendiéndolo, me procure una buena ganancia. Ojalá Apolo, que lleva arco de plata, hiriera a Telémaco hoy mismo en el palacio o sucumbiera el joven a manos de los pretendientes, como pereció Ulises, lejos de aquí, el día de su regreso.

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