AQUELLA CORRIDA DE JULIO

El evento era monumental. Mi entrada, de ORO. Pase único e individual. Privilegiado. Y hacia allí me enfilé tomando el metro. Un buen aforo. La gente se agolpaba alrededor y en la plaza. Cuatro gilipollas desconectados de la corriente humana auténtica haciendo el ridículo con pancartas cochambrosas anti-taurinas. Ni caso. Me introduje entre los muros de aquella legendaria plaza tras tickar mi pase. Pregunté por mi ubicación. Al final no resultó ser tan de privilegio como la idea que empezó a suscitarme en un inicio cuando me colé por casualidad en el palco presidencial siguiendo erróneamente las indicaciones. Al lado de la banda musical. Unos blaveros a mi derecha, ignorantes y voceros. Una pareja escéptica algo atolondrada. Y a la izquierda gente normal. Sombra y techo, en realidad, inmejorable. Al principio me dio un poco de vértigo. La inclinación de la pendiente donde se ocupaba mi plaza era realmente pronunciada dando la sensación de que casi te podías caer literalmente desde allí hasta la misma arena. Me hice el ánimo. –Vamos a ver los toros y se acabo!-. El cartel: FRAN RIVERA, PACO UREñA, y un tercero. Seis toros, dos para cada uno. Y la cosa comenzó.

El primer toro murió bien. De manera discreta y sencilla. Pero no en la estocada, sino en el descabello. La plaza empezaba a entrar en calor. El torero de a pie que le asestó el picotazo en la nuca hizo un gesto muy a tener en cuenta y que seguramente pasó desapercibido para la mayoría. Se llevó las manos a la cabeza tras la punzada mortal al toro de manera totalmente paródica. Y es que en aquella corrida nos jugábamos mucho. Cada detalle era esencial para la comprensión y el esclarecimiento del evento. Tal vez, una guerra mundial estaba gestándose a las afueras de todo esto. Pero volvemos al espectáculo. Y salió Ureña. Toreó bien, con chulería y provocación. Y salió, descalzo. Como el guitarrista de los Nirvana en París. Como Yoko Ono y John Lennon. Esto, simboliza la igualdad. El respeto por la madre Tierra. La asunción del ser como parte del todo y su redención ante todo proceso catártico inmiscuido en un devenir global. Hay que decir que Ureña, aquel día, fue un verdadero maestro de maestros, por no hablar del riesgo que el salir a una plaza de arena en calcetines rosa te puede propiciar ante un evidente resbalón. Es decir, aquello, obviamente, no era solo teatro. Creo que lo mató a la segunda, o la tercera, no recuerdo ya. Pero la ovación fue digna. Y, la plaza, quedó caldeada para Fran Rivera. Que hizo lo justo, lo esperado, tampoco mató a la primera, ninguno de ellos lo hizo, pero se portó y obtuvo su oreja.

Los tres primeros toros habían salido a trancas y barrancas, sin demasiada espectacularidad posible. Pero esta segunda tanda en la que Ureña quedaría último para clausurar la corrida iba a ser distinta. La gente se mostraba insatisfecha y descreída por la tónica general que estaba tomando el asunto. Los aplausos no terminaban de arrancar. Las emociones sin germinar. Salió entonces el cuarto toro y la cosa seguía igual. Pero cuando Rivera hubo de torear al quinto un punto de inflexión se instauró en un silencio ominoso de la gente. Este, salió disparado de toriles, y en una trayectoria totalmente recta se estampó contra el burladero opuesto en el otro extremo. Entonces cayó al suelo de manera brusca y súbita, y parecía haber sido noqueado pero de repente, como electrificado, se restauró y empezó a circundar la plaza con una vehemencia y despotismo inusitados. A Fran se le veía ciertamente dubitativo ante aquella inminente labor. Así que salió el picador, a lomos de su caballo. La furia del toro contra aquella barriga acorazada fue salvaje sin más apelativos. El toro había sido herido. Había que torearlo. Y cada vez parecía más descontrolado. El público, en un clamor compasivo, reclamaba la retirada de aquella bestia aventada y totalmente lúcida. Aquel ser tenía la perspicacia de un ciervo y la evidente fuerza de todo un morlaco. Fran Rivera se vio en una compleja disyuntiva que con la inminencia de su intervención ahogaba el panorama en una asfixiante presión. Así que resolvió darle cuatro pases, ceder a las banderillas su labor y matarlo a la cuarta o quinta. A saber.

Entonces llegó la cúspide. El último toro, del arriesgado Ureña. Y volvió a salir, descalzo. Yo pensaba, -pero qué coño haces tío? No me apetece verte morir precisamente hoy-. A lo que aducía, -bueno, son toreros, de esto se trata una verdadera corrida…-. Y entonces… Lo vi, mucho antes, un instante antes, pero fue un instante de esos que te dan la visibilidad de la tragedia a la perfección. Y el toro lo embistió. Cosa que no vi, porque giré la cabeza hacia mi izquierda antes gracias a ese instante mencionado. Pero la plaza saltó. Y sí lo vi, en los rostros de todos los aforados. En sus brincos y chillidos descarnados. Se lo llevaron en brazos a la enfermería. Y… Volvió a salir. Sangrante, con el pantalón desgarrado. Impetuoso, decidido, no sin ese miedo y evidente tensión, pero se tiró al pozo como se suele decir. Y la gente chillaba, y los blaveros enmudecían. Y fue directo a matarlo. Y entonces, en ese trance, algo supe, y percibí. Es decir, la línea divisoria que en aquel momento había entre la vida y la muerte de Paco Ureña podía estar en un simple suspiro del espectador más desinteresado. Aquello, la plaza de toros, la gente, es un maremágnum, donde la oleada emotiva se transmite de unos a otros conformando una tempestuosa exaltación. Por ello me dije, -observa, ten valor, serenidad, si muere pues muere-, y fue entonces cuando un control inaudito de mis emociones me embaucó, parecía ser yo el que estaba al frente de aquel toro. Me fusioné de algún modo con la piel del torero y éste, a la primera lo mató. Fue instantáneo, mágico, levanté mi oreja de un brinco. No vi más. Ureña fue ovacionado y salió triunfante. Yo ya estaba camino de la parada de metro cuando desde fuera escuchaba todos los vítores y el clamor dirigidos a él.


Rivera fue héroe, y Ureña fue Dios. El tercero decente. Espero que la historia los coloque a todos en su merecido lugar. Y ya está.

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