De persona a persona

Se levantó de la silla de ruedas, meó, le mostraron su provisional habitación. Su tío estaba con él, sus padres con los trámites, y aquel le dijo "si quieres vengo a por ti mañana y te llevo al centro de Alicante, quieres? Tú no te preocupes que si no quieres no tienes porqué quedarte aquí, allí tienen piscina y todo eso, yo vengo mañana y te llevo, quieres?". El chico no podía pensar con claridad, estaba en un siquiátrico, de nuevo, y en aquel siquiátrico concretamente. Una planta del hospital dedicada a los enfermos mentales, con un pasillo ancho de apenas 30 metros de longitud y habitaciones a ambos lados del mismo. Sentía que se asfixiaba por momentos, el olor, la congestión del ambiente, su crítica situación, su derrota, la vuelta al aislamiento, el retorno al inframundo de los alineados, la aniquilación de la conciencia. A un centro mejor? Ya estuvo en un centro mejor tres años atrás y lo que supuso fueron siete mil pavos por deambular durante un mes entre instalaciones de alto standing que no servían para nada. Los enfermos estaban más disipados, gozaban de mayor nivel adquisitivo, y por ello no se sentían amenazados por el personal clínico, todo lo contrario, eran benevolentes con las normativas, no había sentimiento de desesperanza sino de gratitud mezclada con soberbia. Sentían pesar hacia sus malogradas circunstancias pero jamás hacia sus terribles vidas. En la sanidad pública era distinto, allí todo el mundo lamentaba su condición, la humildad era un signo patente, uno decía ser el mayor inventor del mundo y al instante lo compensaba con, "y el mayor borracho". Ése era Juan. Así que declinó la oferta de su tío, se tiñó de ahínco y le dijo, "SEGUNDO ASALTO, me quedo aquí".

Aquella noche cenó y le dejaron fumar un pitillo mientras el resto de pacientes ya dormitaba. Mientras lo fumaba en una sala habilitada para ello una enfermera fue a verle.

- Cómo estás?
- Pues jodido.
- Pero qué es lo que te ha pasado?
- No lo sé. Mis padres me han traído, yo sólo estaba con mis perros limpiando la casa, iba a empezar a trabajar mañana.
- Vives con ellos...
- No, en la casa que me dejó mi abuelo, murió hará un mes.
- Vaya... Pero... Quizá no estás en el mejor momento para trabajar.
- No lo sé.
- Has estado aquí antes?
- Sí... Lo que pasa es que... No quiero dar pena.
- Oh no por Dios... No te preocupes por eso. Ahora sólo fúmate el cigarro y procura descansar. Aquí estamos todos para ayudarte.

La mañana siguiente en realidad no existe. Ha quedado anegada por la cantidad de mañanas siguientes que pasó en su haber en aquel centro. A las nueve se desayunaba, un par de enfermeras o auxiliares traían las bandejas con los alimentos listos para servir en unos carritos. Antes tenías que estar aseado porque las toallas y el jabón sólo se repartían a primera hora de la mañana. Acto seguido se formaba la cola en la ventanilla para la repartición de las medicinas que paciente por paciente se iba cuidando el personal clínico de que fuesen debidamente ingeridas. Después era la hora del cigarro matutino del día. Aquella sala era sin duda de una tenebrosidad ocre, macilenta y rancia. Estaba dotada de un par de extractores que siempre se encargaba una enfermera de encender una vez todos los pacientes se hallaban inmersos en ella. La mesa era grande y ocupaba casi la mayor parte de la habitación. Diez o doce locos medicados hasta la médula, inútiles, en pleno apogeo de sus paranoias más dementes, puestos unos cara los otros, entregándoles su cáncer, su visado para la conciliación con el mundo. Pero... El momento se acaba, las colillas se consumen, el humo ha revestido el ambiente de una confusión extraña. Estaríamos todos bien si esto no fuese como un redil por el que pasar para consolarse. Begoña, eres muy guapa. Agg, qué asco que me das. Éste fue el que se cagó en los pantalones mientras dormía, es decir, se cagó en la cama. Quiso que lo cambiasen de habitación por considerarme inaguantable. El primer día que lo conocí fue extraño, fui cortés con él, un instante. Entonces él como que se pegó a mi cuerpo, a mi aura mejor dicho. El relente de mi espíritu lo apaciguaba. Pero pírate de aquí, déjame en paz! Así que le dije algo muy grave, no recuerdo. Tú crees que una persona puede hablarle así a otro ser humano??? Que no hombre, que yo a este tío no lo voy a consentir. Y pidió el traslado. Otra Begoña llegó otro día, mucho más recatada, trastorno bipolar, estábamos fumando, fue asomada a la puerta con su madre y nos dio la espalda, ya había estado allí, - me entiendes mamá? Yo no tengo nada que ver con todos esos que están ahí! Noooooo!- dijo. Acabó entrando a mirar por la ventana cuando éramos ya pocos los que quedábamos, la primera Begoña, el Juan, yo y ella, de espaldas siempre, cara la ventana. Era una fóbica de los rostros, yo también lo soy en parte. Andaba cosechando fotografías de revistas, en una aparecía una niña sucia e indolente, con mirada desdeñosa, tercermundista. Una vez le confesé que así la vi yo la primera vez que la vi. Ella se entusiasmó mucho, le brillaron los ojos, los tenía enormes y bonitos. Recortó la foto y se la guardó. En la sala de fumadores colgó una de Bertín Osborne con un caballo marrón impecable y señorial en medio de un rancho en un prado muy verde. Era como una especie de sueño plastificado. Todo se veía tan decoroso y fortificante que te atontabas un rato sin querer mirándolo. Su delirio era realmente turbio. Empezó a hablar, no fumaba pero asistía igualmente a las horas puntuales de la repartición de cigarrillos en aquella sala. Me miraba a mí, toda la sala en silencio, su confesión fue desconcertante. - Lo entiendes Jose??? - persistía en su mirada, yo se la aguanté y la dejé hablar como si realmente fuese aquel Jose. Su voz ya temblaba. La lapa quiso intervenir poniendo un poco de raciocinio a la situación, lo silencié. - Te dejé porque... Cuando bajé la escalera al rellano y te vi, ibas vestido igual que yo... - y rompió a llorar.

Estuve pensándolo un tiempo, así pues se enrolló con un travelo....

Llegó el día de la primera asistencia al doctor. Al siqui, y entré en pura tensión. - Sí, he escrito un libro -, - sí, yo podría escribir todas las partes incompletas de Kafka imitando tan a la perfección el estilo que nadie se daría cuenta en absoluto del cambio -, y él - pero, hombre, eso es un poco exagerar no...? - y yo, - bagg! -. Y él, - pero dime, cuando estás frente a mí, así como estamos ahora, notas... Sientes algo que puedas pensar que yo produzco en ti? -, y yo - es que igual soy yo el que lo produce en ti -, - entiendo... Y qué exactamente -, y en mi campo de visión se ciñó un detalle, era un monigote diminuto dibujado en la pared adyacente, una especie de santa con su velo y su apariencia de sugestión inmaculada, me absorté encandilado mirándola de manera fija pero ya completamente relajado y en armonía, le contesté - eso, sólo lo puedes saber tú... -. Y terminó la sesión.

Recuerdo también el día de los estudiantes, de las estudiantes revoloteando por los pasillos con sus 20 añitos recién cumplidos, sus risitas joviales, su atención cándida y bobalicona, una me hizo un masaje a una sola mano en la espalda, fue sin duda el mejor momento que pasé allí. Ha sido brillante, le dije. Pues eso que sólo lo he hecho con una mano, replicó ella. Serás una buena enfermera, concluí. Lo pienso y me emociono, lejos de la adversidad del personal clínico afianzado, lejos de las imposturas del sistema creado para aniquilar cualquier ápice de humanidad, lejos de todo lo amargo, lo subyugante, estaban ellas. Escuchando una canción que hablaba de unos ojos azules, tan divertidas e infantiles.

Manuel era un expresidiario que había recorrido más de doce mil kilómetros de cárcel en cárcel. - Tú sabes lo que eso? - se lamentaba ante mí. Oía voces que lo incitaban a matar gente, pero sin embargo era bonachón y pancho como un auténtico bebé. Pasamos largas veladas juntos revelándome él todo tipo de trucos para fabricar mecheros cuando estabas en la trena de los cuales por desgracia no recuerdo ninguno. Leía cómics de Mortadelo y Filemón, era grande como un armario y al visualizarlo en las anécdotas que contaba te dabas cuenta de que ese tipo muy bien podía haber sido el perfecto hijo de puta que relataba. Asaltos a bancos a mano armada, - y cómo lo haces??? - preguntaba yo. - Pues muy fácil, encañonas al primer rehén que encuentres y te lo dan todo -. Había sido black no se qué, un movimiento juvenil de su época al parecer. Hablaba de historias turbias, mujeres felándosela al compañero de turno por debajo de una mesa en presencia de su pareja y ahostiada al ser descubierta. Le gustaba joder por el culo, y yo le decía, - yo eso no, tío. Muy violento -, y aducía él - hombre si se lo haces así de golpe está claro que no, pero si la tía se enrolla y tú se lo dices amablemente y lo hacéis poco a poco es lo mejor -. Y hablaba sin parar, cuando se enganchaba a hablar no había quien lo detuviese. Una vez me puse muy tenso delante de él, no soportaba su presencia argumentativa totalmente mecánica, el primer día que lo conocí al menos de manera apercibida fue de nuevo en la sala de fumar. Malboro pequeño, pidió él con su hilillo de voz acostumbrado. Pequeño... Y es to grande, dije yo para mí. Pero sin sarcasmo, me pareció fascinante de verdad aquel detalle. Por aquel entonces este tipo no hablaba, yo pensaba que era mudo de hecho. Fue dirigirme la primera vez a él en tono amistoso y empezar a largarme como un poseído. Una vez quise ir más allá, por qué hablas tanto?. Así no oigo las voces. Pero qué te dicen las voces?. Mmss. Que mates?? Te están diciendo ahora mismo que me mates a mí? Pues va, hazles caso, cede, mátame!. No... Je, pues has hecho bien, sabes por qué? Porque con este solo dedo tengo bastante para reducirte, dije mientras le mostraba el dedo meñique. Él sonrió y dijo, como Bruce Lee, que era capaz de concentrar toda su energía en un solo dedo... A lo que yo me dirigí a la pared, y con el mismo dedo levantado le mostré el interruptor que llamaba a las enfermeras desde cada habitación. Y su sonrisa fue sarcástica de nuevo... Qué cabrón eres.

Los familiares acudían eventualmente a verme, al principio rehusé recibir toda visita. No quiero recordar ni porqué. Un modo de penitencia, no por sentir culpabilidad propia sino por querer aceptar toda la de los demás. Se podía tomar aire y fumar al antojo. Más de un mes pasé allí, hasta sucumbir y llegar al límite de rogar mi partida de aquel lugar. Hasta no poder más. Era cierto que yo había tomado una actitud por completo desafiante en casi todos los aspectos de mi estancia. Pero estaba fuerte y me sentía joven, como un potro salvaje enjaulado. Al final claudiqué. Me rendí. Confesé mi locura y la aceptación de ella. Me dejaron salir y ya estaba muerto.

Begoña enseñó su teta. Diógenes apareció, el moro recojido de la calle inconsciente que se pensaba que se hallaba en una planta de hospital corriente, el negro corpulento atado tres días a una cama de una habitación aislada, cómo se recompuso él? Sólo se le veía fatigado. Cool Nelo... Cool... Me dijo cuando le encendí el cigarro en la calle. Todo esto ya pasó, las secuelas son inevitables. Y voy el otro día a los servicios sociales penitenciarios y la mujer me pregunta; pero aquello... Cómo te pasó? Fue así de repente? Sus uñas completamente repasadas y brillantes, su permanente robusta, su media sonrisa constante al hablar y preguntar gilipolleces. Lo tenías ahí dentro nada más y le dio por salir, no?

Y yo... No sé.


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