Diario de un guerrero (Capítulo 3: Navuk)

Navuk ha muerto. Mi fiel amigo.

No puedo evitar recordar la taxonomía de sus fauces, rostro, compostura y pelaje. Todo un lobo, un auténtico lobo.

Su nombre común es Siberiano. Pero para mí siempre fue Ibérico. Sus ojos intensamente marrones y su lomo totalmente negro así lo denotaron. Como descendiente de aquellos lobos salvajes de esta península que retrataba tan bien Rodríguez de la Fuente en sus excelsos documentales.

Navuk se ha ido, dejando tras de sí todo un elenco de imágenes gloriosas para el recuerdo. Y no puedo evitar recordar aquel día. Cuando se lo arrebaté a aquel loco que veía a las personas unas en rojo y otras en verde por la calle. Esquizofrenia de semáforos es el nombre más clínicamente acertado que se me ocurre para dicha patología. Ya lo conocía de algún tiempo atrás, y más allá que cualquier psiquiatra actual puedo aventurar la causa y connotaciones de su "enfermedad".

Siempre fue un tipo aislado, que prorrumpía en las tertulias cotidianas con una vehemencia pseudocultural fuera de tono y de lugar. Con contenidos planos y anotaciones anodinas a las que simplemente se les daba margen dentro de una sociedad contextualizada por un grupo de jóvenes adolescentes reunidos en un local en el que la mayoría trataban de aparentar una madurez basada en el sustento de dicho lugar mediante el seguimiento de su economía recaudada y su disposición comunal. Como es habitual, las mujeres llevaban su curso chismorreando de sus gilipolleces particulares y los hombres el suyo de sus no menos gilipolleces masculinoides. Había por aquel entonces allí una vídeo-consola con todo tipo de juegos "retro", y este loco, poco a poco, permitido como un elemento más del grupo simplemente por llevar sus pagos al corriente y no incordiar demasiado, llegó al punto de describir una de las imágenes más grotescas, ominosas y desesperanzadoras que he podido en mi vida atisbar.

Llegó un punto, en que dicho loco, se veía, de manera totalmente evidente, como un ser absorto conectado por sus manos mediante un pad a una pantalla que irradiaba luces dispares en 16 bits que circulaban a gran velocidad, consiguiendo puntajes récords sólo alcanzables por una computadora o, en este caso, su propia computadora cerebral. Nadie decía nada, así son las gentes del vulgo, o, al menos, nadie decía nada directamente a él. Sin embargo, la mofa era patente. A sus espaldas, y su alrededor, pues él no veía absolutamente nada más allá de su circuito luminoso.

En una computadora, las imágenes, los gráficos, en cualquier computadora incluso hasta día de hoy, tenga la resolución que tenga, se dan en tres colores: Rojo-verde y azul. Así pues eclosionó este hombre. Trasladando su enajenación lúdica a todo cuanto le rodeaba.

Y pasaba por allí, querían hacerme pagar a mí también la mensualidad, pero me negué de plano. Esto me costó animadversión por el resto y las mujeres, sobretodo, empezaron a mirarme mal hasta que una de ellas, la más aguerrida saltó para recriminarme dicha circunstancia. Hubo entonces una discusión breve y acalorada. Ella cerró la boca, yo me enervé y, curiosamente, el resto también calló sin manifestarse la mínima muestra de apoyo a mi argumentación exaltada. Aquella gente era miseria. Hoy siguen por este pueblo, se me respeta o más bien, se me teme, en los encuentros directos, pero a las espaldas quién sabe lo que se murmurará.

Cuando pasaba por allí, un hecho que sólo hacía de forma casual y más bien drogo-dependiente al necesitar el jachís que allí se distribuía, mi percepción era brutalmente alarmante. Veía a ese tipo, y a todos los demás, estando él en medio como un objeto desestimado del resto y no podía dejar de pensar en la inminente olla a presión que allí se estaba calentando.

Por cosas del destino, yo llevaba una vida completamente al margen de toda aquella algarada y paralelamente, cuando mi propio Destino decidió sucumbirme también de manera sicológica, lo encontré a él a la misma hora nocturna y en el mismo sitio. El hospital.

Esto responde a una cuestión y vicisitudes completamente lógicas. La fijación de una persona en otra, cuando esta se manifiesta por alguna de las partes, lleva al cruce de estas de manera inevitable en un punto u otro del camino de sus vidas. Máxime si este recorrido que ambos sujetos trazan se da al margen de la percepción social del resto de la gente. Sucede también con los animales. Nada sucede por casualidad. Es decir, si tú te encuentras con una bestia, en términos animales, y en un punto de vuestro pulular os miráis fijamente y os reconocéis produciéndose un hecho particular, evitando de manera bilateralmente aceptada el enfrentamiento, a esa bestia, ya sea gato, perro, oso o tigre, descuida, que la volverás a ver en algún punto de tu vida enlazados por ese vínculo de respeto establecido.

Y sí, a ese loco lo volví a ver en circunstancias parecidas.

Su padre le compró un perro. Su padre debía ser como el típico hombre orgulloso de familia desestructurada que trata de subsanar los errores de su educación ofrecida mediante materialismos fútiles hacia sus descendientes. Y un cachorro de mil euros de coste le compró al chico loco para que, el pobre, sólo en su piso, en carencia y detrimento y virtud de su progenitor y familia, tuviese compañía.

Pero la decisión no pudo ser menos desacertada. Pues eligió para esta empresa el tipo de animal más bello y codiciado por la sociedad a día de hoy. Un Husky Siberiano.

Al año el cachorro ya estaba haciendo todo tipo de destrozos en la vivienda y el chico loco, harto, desdeñoso, frustrado, ruin, decidió que ni lo quería a él y, de manera transversal, aunque inconsciente, tampoco quería al padre.

Así que optaron por sacrificarlo. Sí, con tan sólo un año de edad. Una de las criaturas más enigmáticas, poderosas y emblemáticas de la naturaleza.

Ahí fue cuando yo me hice acopio del hecho y decidí, que ese cachorro sería mío.

Navuk lo apodé. Al despojarlo de aquella tiranía y mezquindad familiar, sosteniéndolo con fuerza por la correa que se me prestó anudada a su cuello y traérmelo desde la Cebollera hasta el Río Turia, es decir, atravesar todo el pueblo de punta a punta, mi energía se conectó con la suya a través de mi pulso, de un modo, que al llegar aquí, la primera misma noche, el perro, por sí mismo, cual bestia faraónica, montó una especie de guardia erguida sobre sus patas traseras en mi misma puerta.

Jamás he conocido una fiera así, con un instinto tan tremebundo, unas dotes tan nobles, un porte tan magnífico, y una independencia tan humana.

Anoche enterré a Navuk, o más bien acompasamos entre la veterinaria y yo sus últimos instantes de la manera más sutil posible. Hoy será incinerado, y sus restos esparcidos con los de otros tantos canes que su misma suerte han ido a correr.

"Lo siento mucho..."

Gracias Gloria,

ha sido un placer.


Comentarios

Entradas populares