El joc del tio Nap

Cómo lo hizo? Ahí, sentado en esa silla. Aguantar 86 años. Cómo cojones pudo hacerlo? Yo solo tengo 27 y ya he decidido ahorcarme unas cien veces. Quizá él también lo decidiese en muchos momentos. Pero aguantó, 86 putos años. Su muerte fue increíble. Ya no podía andar pero necesitaba echar la última cagada de su vida y se levantó. Yo lo tuve que levantar, lo levanté como pude ayudado por mi madre. Y cuando lo dimos por imposible pidió su garrote. "Trae mi garrote y verás si puedo o no puedo". Lo que sí que no pudo fue soltar el zurullo. Las piernas derretidas, como dos alambres, "ya está bien abuelo", y tal como dije esto último lo tomé en brazos y lo solté como un despojo sobre su cama. Entonces algo lo sobrecogió. Se le abrieron mucho los ojos. Siempre había pensado que eran tristes sus veladas. Solo, sin nadie que lo acariciase a su lado. Despierto en la oscuridad con su orinal debajo de la cama. Entonces lo acaricié. Deslicé las uñas de mis dedos por su nuca y me acosté. Eran las seis de la mañana. Al despertar ya había muerto.

Unos dicen que era un tirano, sus hijos mayormente, aún lloran cuando recuerdan pasajes de sus infancias. Y mi abuela una santa. Dicen que él la llevó al manicomio, o si bien no lo dicen así lo dejan caer. "Cuando tu abuela se casó, toda la alegría que tenía se le fue". Mi abuela tiene fotografías espléndidas, una auténtica Gilda, dicen que siempre amenizaba las comidas y las fiestas con cantares vivaces y llenos de energía. Pero él era recio y fuerte. Muy carismático también hacia el exterior solo que de puertas para adentro no escatimaba en dureza y conducta drástica. Uno de sus mejores amigos, el Porros, me contó una vez que por culpa de mi tío se llevó un correazo de mi abuelo en plena espalda. Simplemente se refería a que la paliza que iba a darle a su hijo mi abuelo era tal que hasta él mismo se asustó y utilizó su cuerpo como escudo ante el niño para protegerlo.

Yo acababa de salir del siquiátrico, una relación duradera con una mujer había llegado a su fin. Meses antes había estado acudiendo cada noche a casa de mi abuelo que ya hacía tiempo vivía solo, para hacerle un poco de compañía y jugar con él a las cartas y sobretodo hacerle hablar. Y el cabrón hablaba, no lográbamos jamás establecer una comunicación clara porque él daba por supuestas muchas cosas que yo no alcanzaba a asimilar y él apenas las referenciaba. Me contó anécdotas como una vez en la que tuvo que llevar el cadáver de una niña haciéndola pasar por viva en su carreta hasta un pueblo lejano para enterrarla cerca de su familia ya que en aquellos tiempos de dictadura no se hacían concesiones tales a los pobres. Y otras divertidas de cómo un día le dio por ir a visitar a un antiguo amigo del que apenas tenía ya noticias desde hace más de treinta años: llegó a su pueblo, preguntó en el bar por su nombre, le indicaron la casa, entró preguntando por él, una chica lo llevó hacia el fondo de la casa donde guarecía un señor muy mayor en una mecedora, se sentó frente a él, se quedó mirándolo fíjamente un rato y entonces dijo, "qué tú no sabes quién soy o qué". El caso es que, creo al menos por mi parte que en aquella época nos hicimos amigos. Él estaba sumido en su letargo de su comedor y su gran mesa de mármol frío sentado al borde de ella en su silla acolchada y yo de algún modo lo espoleé. Me gustaba mucho indagarle y a pesar de su aparente opacidad conseguí sonsacar lo que tan reciamente se obstinaba a mostrar de sí, recuerdos. Creo que le causé simpatía y hasta alguna especie de chiste que solté llegó a hacerle bastante gracia; acababan de raparle la cabeza al cero y le dije, "pero si pareces un judío". "Un judío?" masculló él, y rió con su amigo Benjamín que también estaba presente.

Pero entonces todo esto se vino al traste, le mostré expectativas de mí que se vieron truncadas por completo tras mi salida del manicomio. Y ahí es donde, efectivamente, puedo dar fe de que mis visitas, las cuales no cesaron, se invirtieron por completo rotundamente. Vi a ese tirano, lanzándome las cartas con el mayor y absoluto desprecio, con una indiferencia hacia mí aterradora, yo me encontraba por completo noqueado, me costaba salir de casa un infierno. Y en su mirada atisbé lo que yo creo reconocer como 'al mayor fascista de todos los tiempos'. Todo se perdió, daba la sensación de que estábamos los dos ahí colocados por una fuerza omnisciente que a los dos nos repelía. Hasta que un día, pasado el tiempo, más cómodo en mi haber, con una bajada sustancial de mi medicación y la recaptación de nuevas expectativas (entré a currar de barrendero), decidí mandar a los viejos a la mierda dejando atrás mi cuartucho en su piso y me vine a vivir con él. Aquellos tiempos de sincronía habían perecido, pero un mútuo respeto empezó a instalarse entre nosotros. Ya no hablábamos, ya no había historias que contar, no así pasábamos más tiempo juntos y una especie de complicidad se instauró hasta los últimos días de su vida.

Vi en mi abuelo al hombre más bello de la Tierra así como al más fiero, eso fue en el bar mientras una musiquilla sonaba de la televisión y yo empecé a bailar desde mi asiento sólo para hacerle un guiño. Él miró al sol por la ventana, escondió su media sonrisa y entrelazó sus dedos encima de la mesa con su habitual postura. Ni sé ni quiero saber más de él, solo sigo preguntándome, cómo cojones lo consiguió.

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