Diario de un guerrero (Capítulo 12: Día posterior, juicio y 'Victoria')


Los últimos coleteos de su estancia en aquel lugar parecían sobrevenirse, y fue entonces cuando sus padres acudieron a verle. Al advertirlos, atravesando un halo de oscuridad en compañía de un guarda hacia un patio ‘presentable’ donde las visitas terminaban su trayecto, vio de nuevo esa imagen. La misma de tres años antes justo antes de zambullirse en la locura tras unos cuantos chapoteos preliminares. Era la desaprobación, la desaprobación desde una circunstancia, la suya, nefasta y terrible. Era como si después de haber recibido cien latigazos aún se manifestase la inquina en el ambiente y la culpabilidad fuese siempre de parte del más desdichado. De todas formas ellos estaban desde su posición, venían de sus vidas, sus eventualidades y miserias, la imagen del chico no pudo por más que causarles ese repudio inicial y el chico, aunque no era consciente, se percató al instante.

- No! Así No! -, exclamó casi instantáneamente y como queriendo zafarse de una visión ominosa.

El revuelo se formó. Su madre se quebró de dolor y empezó a llorar, el chico quiso mostrar su faceta más cabal y un buen rato estuvo consolando a la mujer sentado a su lado y pasándole el brazo por encima mientras trataba de alivianar sus llantos con frases de consuelo en las que realmente él creía. Pero entre todo esto la rabia seguía subyaciendo y aquel escenario, con una fuentecilla, verdor, oxigenado, aseado que contrastaba tanto con el sitio al que en inminentes instantes debía volver y del que acaba de salir, con aquellos policías, enhiestos, tranquilos, hasta con cierto júbilo disimulado, irritaba al chico sobremanera. Sus padres al parecer estaban allí gracias a un amigo que había sido policía en aquel mismo sitio y ahora se encontraba retirado.

- Tú no sabes lo que hay ahí!! – decía a su padre el chico casi gritando.- Y el sillón donde te ponen para hacerte la foto no tiene reposacuellos! Es un punzón frío!!! Como la punta de una pistola!

Aquellos empezaron a pedir calma al chaval con débiles amenazas, pero muy débiles y disimuladas. Y el caso es que el chico se reveló de algún modo, no quería arremeter por completo contra todo aquello pero mientras una parte de sí le incitaba al vociferio y la exaltación otra le pedía serenidad y formalismo; sobretodo por su madre y por la idea de estar combatiendo a cabezazos las murallas de un castillo magnificente. Pero sí, llegó un punto en que su rebeldía sólo pudo ser atajada por el exabrupto del amigo policía que con un chillido atronador profirió al desdeñoso chico cuando este se detuvo en una esquina alejada tras despreciar y despreciarlo todo.

- QUE VENGAS AQUÍ AHORA MISMO!!!!!! –, chilló mientras acompañaba con un gesto autoritario y de indicación hacia su posición.

Y el chico, percibió por completo aquel pavoroso estruendo sobre su persona pero apenas le afectó, fue más bien como, ‘mira lo que estás provocando, es mejor que cedas’. Y cabizbajo y silencioso cesó en su vituperio acercándose a las inmediaciones del policía retirado y el resto.

Debía volver a la celda, era lo inminente. El juicio era supuestamente a las 12, él llevaba allí desde las siete y media de la tarde más o menos. Ya sólo pudo esperar, esperar y esperar un poco más a que esos últimos compases de la funesta noche pasaran decaídamente. Entonces dos policías sacaron al del perro de su celda pasando por delante de la del chico que era la contigua mientras lo escoltaban hacia la luz. Cuando éste observó al prisionero pasar, iba cabizbajo, apenas su sombra, como impelido por los agentes, y entonces, justo a su altura, susurró un, “suerte...”. Y aquel, semigiró la cabeza hacia el chico y fue cuando el juego de sombras permitió al fin advertir ligeramente su tez. Se hallaba descompuesto, quiso tratar de simular una débil sonrisa de un agradecimiento que le pilló desprevenido, con ojos asesinos y desquiciados que se quisieron nublar de humanidad. Y otro hacia su destino. Hasta que llegó el turno del chico y su cautiverio parecía finalizar. O al menos eso creía él. Por lo pronto le presentaron a su abogado. Un rapaz. De oficio, pero ávido. Y tuvo que firmar unos papeles haciendo una especie de declaración ante un agente y en compañía del abogado dentro de un despachito. Allí todo se resolvía con papelitos. Papelitos que más bien eran losas en la mayoría de los casos. Su rostro debía parecer realmente entre catatónico, cegado y quejumbroso, sin embargo trataba de serenar su voz y prolongar un poco más la inercia que lo llevase al fin de todo aquello. Es decir, sabía que debía guardar la compostura, que su imagen era decisiva en el juicio que le impusiesen, que para eso existía la cárcel. Para destruir a un hombre mientras se le acusaba de subversión. Y así negar su existencia, corriendo un tupido velo de acero. No obstante, el deterioro de sus facultades debido a la tortuosa noche era palpable. Y un par de agentes lo escoltaron hasta el coche patrulla que debía llevarle hasta los juzgados. Aquellos asientos traseros eran de plástico rígido como si hubiese que tratar por todos los medios que el prisionero se sintiese incomodado. Esta vez no llevaba esposas, o si las llevaba es algo que ha quedado velado.


- Qué es esto?? Nos encierran otra vez.
- Sí...-. Es el del perro. Y esta vez juntos. En una pared, BLANCA. Ahí deben guarecer hasta que el procedimiento lo dictamine. Y entonces sí que lo observa en su total completitud. Tatuajes, y los observa, son de algún modo agresivos. Su estética punk debió contribuir a esa sensación. Pero el caso es que, la noche anterior, al llegar, su voz lamentada, grave y con sonoridad pareció emerger ante los policías de lo más hondo de un resignado pesar. Con una calidez embriagadora y sobrenatural. Y ahora, el chico creía tenerlo calado.

- Te crees que no sé por dónde vas? -, aquel se escudó en un silencio de contención que empezaba a ser perturbado.

- Lo he visto antes, en tu cara, y tú también lo estás viendo ahora, eh? -. La inquietud del tipo aumentaba. Nuestro personaje estaba haciendo un claro alarde de provocación mientras lo miraba fijamente desde su posición de un modo instigador.

- Te convierten en asesino... No puedes pensar otra cosa, no puedes pensar.

La voz del chico sonaba a algún tipo de martirio en el esqueleto del individuo que se encontraba contraído y gacho como preso de un tormento al rehusarlo. Sólo le faltaba cerrar muy fuerte los ojos, llevarse las manos a los oídos y desde su posición sentada patalear un “no! no! no quiero oír más!!!”. Pero sin embargo se mostraba inmóvil aunque tambaleándose ligeramente. Los tatuajes eran la clave, afloraban por su cuello como enredaderas aciculadas trinchándole la cabeza. Y esta recobraba mayor insidia, más crudeza y descarno. El chico sabía, o al menos se percató y pudo dilucidar, que detrás de todos esos tintajes, detrás de las formas que uno escoge para pasar el resto de su vida contemplando, había algo. Una elección condicionada; elloslo llamaban factor decisivo o acontecimiento significativo en el periodo de sus vidas, pero tal vez, había algo y mucho más. En esa inconsciencia que arremete al corazón, que impulsa los derroteros de alguien o tal vez la simple tara más llana, daban como resultado un muestrario de cuerpos que se daban muy fácilmente a la desnudez, paradójicamente. Habrían hecho las delicias de cualquier psicoanalista cabrón, y el chico, que una vez intentó desmontar a papá Freud repletando de frases y contraargumentos un grueso libro de introducción al psicoanálisis, tenía su sensibilidad y tenía su asombro. Y así se le presentó aquella imagen, frente a un tipo, que en un principio le había suscitado calidez, más tarde camaradería, luego desconfianza y finalmente certidumbre. Y es que éste distaba mucho de parecer bueno. Pero absurdo era parecer bueno en aquellas circunstancias, qué parecería el chico pues? Los habían cogido, los iban a joder, iban a ser presas del caudal procesal que contra ellos se había abierto, y ahí estaban, con sus caretos de gilipollas trasnochados, teniéndose que enfrentar de forma inminente al espejo para reconocerse miserables y hediondos y entonces exorcizar su culpa y deuda con un estado al que habían rasgado procazmente las vestiduras. Qué descarados!

Lo más asombroso de todo esto es que aquel edificio, los tribunales, eran un gran espejo en sí. Pero fuera de metáforas, era un edificio espejado. Y cuando has irrumpido en la ceremonia de los dioses, cuando has comido de la mano de bedeles del infierno, cuando has temido por tu vida en menos de un suspiro, entonces ves cosas, desde el fondo de la conciencia, visualizas el castillo desde lo más hondo, de algún modo, y se hace aterrador a la par que asombroso del mismo modo que en cuanto extiendes tu mano para tocarlo o cerciorarte se hace etéreo disolviéndose en lo más remoto de la imaginación. Por ello el chico lo consideró obvio, las piezas, los símbolos, la coordinación de los elementos, todo apuntaba a lo mismo: aquello era infranqueable, jamás podrías pasar por encima de un sistema que estaba tremebundamente confeccionado para precisamente apresar almas ávidas de curiosidad. La prueba era: <<Chaval, nuestro poder está en tu flaqueza, somos el monstruo de tus propias peores pesadillas, agítanos y estarás balanceando tu soga>>. Un puto espejo.


Y por fin, sí, la puerta se abrió. El otro prisionero ya había salido antes, el chico carraspeó suspirando y se ajustó la cazadora. Dispuesto. Entonces pasó a la mano de su abogado haciendo un alto en una sala donde muy claramente éste le comunicó a él:

- Oye mira, vamos a intentar jugar la baza de tu cuestión psicológica...
- Pero...
- Es la mejor manera de poner a la juez a nuestro favor.
- Entonces tengo que hacer algo?
- Sí, sí, vamos a tratar que suene creíble. Venga vamos allá!
- Vale vale. Vamos!

Y de manera un poco airosa salieron los dos del espacio reservado para esos instantes preparatorios en confidencialidad. Un policía fue entonces el encargado de acompañarlos hacia el piso de arriba. Allí, entrarían por la holgada puerta donde la juez los recibiría junto con todos los demás comensales protocolarios y una ristra de policías.


- Por favor tomen asiento. Daremos paso a la sesión.

El silencio se instaura, sólo algunas rezagadas hojeadas a ciertos documentos, el abogado cumple su cometido y acto seguido la juez se dirige directamente al chico. Éste quiere dar el pego completamente, y sumerge su mirada en el infinito mientras aquella le pregunta, -qué fue lo que te llevó a actuar así?-. Y entonces el chico se siente en medio de su mayor y valiosa interpretación, simula un estado de catatonia y renqueando pusilánimemente el cuerpo esboza unas frágiles palabras.

- La múuusica... -. La juez de pronto se arroba ligeramente. Acaba de ser hechizada por un embrujo de intriga, - fue la música...? – pregunta desconcertada pero con brillo en sus ojos. – Síiii... – y este monosílabo se difumina débilmente en el silencio de la sala. Es entonces cuando el abogado trata de intervenir con unas palabras precipitadas y la juez lo silencia con “sshh!”.

- Pero qué te pasa? No puedes recordar...? – inquiere la juez de un modo casi maternal.
- Noooo... – la tonalidad del chico se sustenta en un hilo de voz completamente desvalido.
- Se te ha olvidado?
- NOOO... Eso no se olvida... Eso no se olvida... Eso no se olvida!-. Y en estas últimas palabras el chico se doblega con cierta virulencia al tiempo que un sutil clamor se pronuncia. La juez parece tenerlo claro, no necesita más. Retrocede algo consternada inspirando y aviene al chico...

– Necesitas algún tranquilizante o algo para estar mejor...?
- sí...
- quieres que te demos una pastillita?
- sí
- Por favor! Lo que tome este señor, tráiganlo!

Y unos policías salen con revuelo en busca de la susodicha grajea que está en manos de su madre fuera. Una pastilla? Qué pastilla? Se referiría la juez a los valiums de 5 miligramos que su madre podía llevar descuidadamente en el bolso? En ese caso necesitaría cinco o seis. Pero ahí quedó todo como algo redondo.

- Dónde está la pastilla!? Quieres que...?
- LA PASTILLA!!!
- Está bien, POR FAVOR!!...

Y al llegar esta, de manos de un guardia, se alzó la sesión y el chico la tomó justo en el filo de la puerta al retirarse; entre el tumulto aún pudo girar forzadamente el cuello para dirigirse con mirada desdeñosa y una cruel sonrisa a uno de los policías al tiempo que sostenía la pastilla con los dedos índice y pulgar, alzaba la mano y sacando un poco la lengua con la boca bien abierta, la dejó caer.

Todos le siguieron, su abogado, sus padres, una mujer. Y ya fuera el chico ansió un pitillo. Mientras lo fumaba, en el corrillo que se hizo a las puertas del edificio, parecía no haber una sensación de júbilo expresamente.

- Qué pasa? Ha salido bien.
- Sí...? Tú crees...- dijo el abogado con una sonrisa trémula e insegura.
- Pero estás bien?
Te has tomado la pastilla?- intervino su madre.
- Pues claro, si ha sido una interpretación!
- Bueno y qué vas a hacer ahora?- prosiguió su madre.
- A-ho-ra me voy a fumar un PORRO! – quiso expresar de forma desaforada, con una sensación de por fin haber terminado con todo aquello y, mira por dónde, haber salido indemne. Sin saberlo, el pobre, estaba firmando ya su condena con uno de los procesos más terribles que competen al hombre. La Locura y la Ley. Casi res.


Y dando la espalda con un semigiro incluso artístico a todos se fue por el paso de cebra atravesando la calle; y como habiéndose librado de un gran yugo, por fin, cual ciclista ganador a meta, alzó enérgicamente los brazos sintiéndose triunfador.

-¡¡¡ASKATU!!!-, escuchó tras de sí.

Al volverse era una joven desaliñada al otro lado de la calle que se mostraba sonriente.


Comentarios

Entradas populares