LA ODISEA (EDICIÓN DE ORO, PÁGINA 295)

-¿Qué dios nos trajo a esa peste, esa amargura del banquete? Quédate ahí, en medio, a distancia de mi mesa; no sea que pronto vayas al amargo Egipto y a Chipre, por ser un mendigo tan descarado y audaz. Ahora te detienes ante cada uno de éstos, que te dan locamente, porque ni usan de moderación ni sienten piedad al regalar cosas ajenas de que disponen en gran abundancia-.
Díjole, retrocediendo, el ingenioso Ulises:
-¡Oh dioses! En verdad que el juicio que tienes no se corresponde con tu presencia. No darías de tu casa ni tan siquiera sal a quien te la pidiera, cuando sentado en mesa ajena, no has querido entregarme un poco de pan, con tener a mano tantas cosas-.
Así se expresó. Irritóse Antínoo aún más en su corazón y, encarándole la torva vista, le dijo estas aladas palabras:
-Ya no creo que puedas volver atrás y salir impune de esta sala, habiendo proferido tales injurias-.
Así habló; y, tomando el escabel, tiróselo y acertóle en el hombro derecho, hacia la extremidad de la espalda. Ulises se mantuvo firme como una roca, sin que el golpe de Antínoo le hiciera vacilar; pero movió en silencio la cabeza, agitando en lo íntimo de su pecho siniestros ardides. Retrocedió al umbral, sentóse, puso en tierra el zurrón que llevaba repleto y dijo a los pretendientes:
-Oídme, pretendientes de la ilustre reina, para que os manifieste lo que en el pecho el ánimo me ordena deciros. Ningún varón siente dolor en el alma ni pesar alguno al ser herido cuando pelea por sus haciendas, por sus bueyes o por sus blancas ovejas*; mas Antínoo hirióme a mí por causa del odioso y funesto vientre, que tantos males acarrea a los hombres. Si en alguna parte hay dioses y Erinias para los mendigos, cójale la muerte a Antínoo antes que el casamiento se lleve a término-.
Díjole nuevamente Antínoo, hijo de Eupites:
-Come sentado tranquilamente, oh forastero, o vete a otro lugar; no sea que con motivo de lo que hablas, estos jóvenes te arrastren por la casa, asiéndote de un pie o de una mano, y te laceren todo el cuerpo-.
Así dijo. Todos sintieron vehemente indignación y alguno de aquellos soberbios mozos habló de esta manera:
-¡Antínoo! No procediste bien, hiriendo al infeliz vagabundo. ¡Insensato! ¿Y si por acaso fuese alguna celestial deidad? Que los dioses, haciéndose semejantes a los huéspedes de otros países y tomando toda clase de figuras, recorren las ciudades para conocer la insolencia o la justicia de los hombres-.



*Comunismo.

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