Cuando no existía la música, cuando no existía el amor


Era todo como una tormenta
nítida, nómada, pasajera
Hasta que dos, o uno; alguien,
se detuvo en el camino.

Plantó su lanza,
sacó su sílex,
hirvió una pata
y se sentó a reconocer.

De pronto, las nubes se esparcieron,
el Sol lo deslumbró
pájaros piaron al son
y maravillado como se halló
el agua se le salió.
-Contribuyendo con su evaporización
a la gestación de aquel espectáculo-.
Digno de dioses
Digno del Hombre.


Y tal vez, si iba solo,
otro alguien se le acercó,
al verlo brillar de satisfacción emotiva.

Así pues, en la compartición y
transmisión de tales experiencias
debió nacer el amor.

Y más tarde la derrota
y en el nuevo silencio
esta vez la melancolía.

Y así se fueron entristeciendo los sauces
y así enervando los pinos
y con ese lenguaje,
que una vez fue mudo,
a enarbolarse los cánticos de los hombres.

Y se sucedieron las guerras
los incendios
la tortura
la masacre,
convirtiendo aquellas voces
en desgarros.
Mutilando al propio hombre
de su bien más preciado.


Hasta hoy.
Donde la reconocemos en
un formato digital, donde jamás
podrá morir ese latido vital.

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