A la paciencia

Santa eres, acorazada por el craqueteo del reloj,
el compás del trabajador,
las flatulencias,
los nudillos sobre la mesa.

No eres contra nada, ni a su aguardo.
Sólo te mantienes por ti misma,
albergándolo todo o recrudecida en la nada.
Tu pecho inspira, exhala, chistea, brinda o se debilita.
Tus manos flácidas, desnutridas de empresa alguna,
o tu puño fuerte que a veces se contrae,
como negándote mientras te ayuda a prevalecer.

Si el guepardo es paciente;
con sus movimientos sensuales,
su capcioso avance, taimado y sigiloso,
es porque tú así lo quieres.
Si la araña lo es también;
inmóvil, rígida, solemne,
es porque tú has dispuesto así su ecosistema.

Y así con todo;
has hecho de los hombres Historia,
de los charcos atolones,
de la lluvia maíz,
del sendero un bosque,
del cenicero cien crematorios,
de los prados el cielo y las nubes,
de los rayos mil temores,
del mar una lágrima aferrada al espíritu de un ex-combatiente,
de la silueta del mundo la silueta de un seno sonrosado,
de un pecado un martirio,
de un martirio mil pecados,
de la palabra heterogéneos lenguajes,
de una miga de pan una feral hambruna,
del éxito la gloria,
de la termita una secuoya vacía,
del galán una estirpe,
de la dama un vocablo,
de un rayo de Sol todo cuanto habita
y del horizonte, el horizonte.

Por eso no descanses, infinita paciencia,
no descanses jamás.
Ni te doblegues ante la desesperación ni ansiedad.
No ruegues por nada porque nada hay que rogar.
Mantente firme, escuálida o amoratada.
Da igual.
Y como el ácaro a la yema de tus dedos
por qué no habría de venir lo siguiente?

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