EL YONKI


  
Esta es una historia un tanto peliaguda. Bueno, bastante en realidad.

Una vez, un chico gallardo tomó una isla. Pero sin conquistas ni ajuares. Sólo con una chupa, unas botas y una mochila. Allí, clamó al cielo, pegó cuatro tiros a las nubes en la noche y la Luna  era menguante.
Así que, tras esto, inició su rumbo hacia la nada porque nada había en su sesera salvo el pulso de unas piernas que le encomendaron a no detenerse.
Por el trayecto, por el carril izquierdo de la carretera SIEMPRE, se cruzó con un ciclista que venía en dirección opuesta por el mismo citado carril. Como era oportuno, le preguntó. –Oye, perdona, y... Un sitio para dormir?-. A esto el ciclista se tambaleó un poco, pasó dos metros de largo pero instantáneamente se detuvo volviéndose y le dijo al chico con gesto resignado y doliente, -Va benne... Io quiero ayudar. Venne conmigo, va... Andiamo...-. Al chico le pareció hallar la fortuna en ello, aquel se bajó de la bici para acompañar al viandante y éste lo siguió por la carretera en pendiente; uno asiendo la bicicleta por el manillar y el otro simplemente paseante. Esta vez, por la derecha. Error bastante grave en realidad.

En una vereda al lado del camino, se bifurcaron ambos, y esto al chico ya empezó a parecerle algo extraño. Pero no importaba, a lo lejos se advertía una masía abandonada entre la maleza que parecía un lugar apto para pasar al menos un par de noches. Al llegar allí, ya digo, el lugar parecía propicio, en peores sitios había dormitado nuestro personaje. Pero claro, esta vez iba a ser muy diferente.

No había electricidad, y aun así, fue poco a poco advirtiendo el rostro de su guía mediante esa claridad que el dilatar de las pupilas ayudado por el relente de la luna en las noches otorga.

Era bello, sin duda. Ojos azules, pelo rubio aunque enmarañado, con coleta, y sobre todo muy nimio y delgado. Entonces, se abrió la puerta. Una escalera contigua de unos treinta o treintaicinco escalones se advertía tras nada más cruzar el umbral de aquella. La subieron, el chico por detrás, el Italiano por delante y haciendo las veces de un verdadero anfitrión. Sí, como si aquello fuese su palacio. Pero había gato encerrado, aunque más bien, caballo.  No os preocupéis, que de todo puede aprenderse algo.

El chico, por aquel entonces, llevaba una libretita de apuntes, uno de sus ‘tesoros’ más preciados, puesto que era algo así como la medicina de su eterno pulular. La guardaba con recelo, se mostraba tenso si alguien trataba de inspeccionarla, era su ‘arma’, escudo y linaje. Pero en la breve conversación que ambos personajes tuvieron en el descansillo de la escalera en las mismas inmediaciones del living room aquel, el chico lo vio. Y os parecerá descabellado pero, sí, era Amor. Entonces, el desvío. Nuevamente. Y cuando este italiano, tirado en el suelo, apoyado con la espalda contra la pared mientras el chico permanecía sentado inocentemente en el último peldaño de cara a él, se arremangó el camal del pantalón de la pierna derecha, sacó una plata, hirvió una substancia en ella para posteriormente absorberla con una delgada aguja de enfermera; se convirtió, de repente, en su hermano mayor.

Al parecer, había llegado a aquel lugar en yate, buscando fortuna, no la obtuvo y acabó así. Ése era el resumen de su historia. Y decía sin parar, repetía una y otra vez, - Iosonno el tuo hermano majore. Qüesto no lo hagas, nunca. Nunca jamás facereqüesto-. El chico no lo pensaba hacer pues había visto Trainspotting y ya tenía suficiente. Pero claro, allí todo es muy bonito. Filosofía de mercadillo en realidad, cine barato con pretensiones, si acaso un par de frases, que se asimilan rápido y todo lo demás es pura chabacanería. Para ‘motivar’ a los jóvenes y desesperar a los padres, una burda artimaña llevada a cabo por mentes asesinas que reposan en magníficos salones. Donde el mundo se observa como una cagarruta sobre la que te puedes mear cuando más te plazca porque, oye, tienes Talento. En EEUU también los hay muchos de esos, que tratan de revolverte las tripas para buscar el efecto en estómagos débiles y cabezas vírgenes. Pero esto no, no será un cuento de hadas enigmático ni fascinante, esto es la pura verdad, sin crucetas ni marionetas al estilo de Charlie Kaufman.
Seguimos. Y el italiano, oh Dios, sí, lo hizo, inyectó aquella jeringa en un punto estratégico justo por debajo de su tobillo. La reacción, tampoco la recomiendo. Era como estar presente ante un cuerpo que no ya se sublevaba como os habrán contado por ahí, ni tan siquiera emergía ante nada, y mucho menos galopaba. No, aquel ‘destello’, carecía de crin, carecía de pezuñas, carecía de hambre, más bien era todo lo opuesto a todo esto. El chico sintió algo de pavor, muy leve, y escéptico como siempre, simplemente lo observó sin perder lujo de detalles. Así que bueno, el traguito pasó, todo volvió a la normalidad, se reestablecieron las cosas y como aquel hombre seguía tan campante el chico le dijo, - Ahora voy a hacerte yo un regalo. Esto es muy personal, si lo vas a aceptar trátalo con cariño. Te doy mi libretita-. El italiano la tomó, parecía pesarle más de la cuenta, entonces el chico la reprendió para abrirla ya que aquel parecía no atreverse, y en sus narices fue hojeando páginas para que viera que no había nada de qué desconfiar, que los trazos aunque algo sucios tenían su encanto. Pues había invertido mucho sudor y lágrimas en confeccionarlos. Entonces, el escepticismo, esta vez pasó al lado del mencionado yonki. La libreta quedó por ahí tirada sin demasiado protagonismo. Y la noche, prosiguió.

Aquel living room de vertedero era realmente un desastre. Mantas, despojos, litronas, bolsas, colillas, mugre, rotos de tela, tetabricks aplastados, choped, en fin. Un desastre. Pero al chico le daba igual, sólo tenía sueño y no pensaba pernoctar allí más de dos noches así que... Sacó de su mochila unas cuantas prendas, hizo con ellas una especie de almohadón, aprovechó una de las mantas para extenderla por el suelo sobre la que posarse, se lio un porrete, dio las buenas noches y se acostó.

A las seis de la mañana, las seis eh, y esto no es falso, las mismas seis, se recuerda bien; el tipo, lo despertó con estertores, con una escarpada tos que parecía corroerle las entrañas, efectivamente, de nuevo estaba chutándose. Y el chico pensó, este tío no para. En fin...
Así que charlaron otro rato, el peta de buenos días amaneció con él. Y es curioso que mientras el pavo estaba metiéndose la candela de una mierda impresionante al cuerpo, rechazase, por contra, unas breves caladas de aquel elegante porro que nadie como el chico sabía liarse. Con mimo, delicadeza y amor.

Acto seguido, cuando el sol comenzó a despuntar, ambos salieron al aire fresco y el yonki lo incitó a que fuese con él a desayunar al bar al parecer habitual en el que éste lo hacía. Croissants con café con leche. Ya no se recuerda quién acabó pagando la cuenta, pero el tipo debía tener sus ahorrillos pues. Parecía conocer bien al dueño y éste a él. Sí, parecían amigos. Y entonces, con esta especie de trato, el yonki, en compañía del chico, parecía sentirse hasta dichoso. Como si ese fuese su pan de cada día y le pareciese hasta perfecto.
Él tenía su cochambrosa bici con cadenas atadas al manillar, con las ruedas medio deshinchadas, su ‘melena’, sus ojos azules, su oxígeno y su deambular. El chico, pero así muy de pasada, le comentó que si podía conseguirle a él una bici similar para no tener que pegarse todo el pateo para recorrer la isla cuando marchase. Aquel, al parecer, se lo tomó como muy a pecho. – Cómo! Ayuda???Io quiero ayudare...-. Y bueno, ambos partieron hacia la mañana con sus respectivas direcciones para adentrarse cada uno por su cuenta en la ciudad del llamado decoro y devoción de los incautos.

Cuando el chico empezó a transitar por aquellas calles, por llamarlas de alguna forma, ya que más que calles parecían riachuelitos con pececines estrambóticos de colores, pensó, -joder, esto es demasiado fácil. De esta ciudad me adueño yo en dos días-. Así que, ni devoción ni decoro advirtió en todo aquello. Había personajillos singulares, eso es cierto, una muralla curiosa, supuestos hippilongos tomando té en terracitas suaves y algo descafeindas. Jóder, el puto paraíso. Quién querría largarse de un lugar así? (Habéis visto Mamma Mía? La analogía es idéntica). El chico se conformó, o más bien se contentó muy gratamente con todo lo que tenía ante sus narices, era un soplo de aire fresco en comparación con la calamitosa vida que había llevado hasta entonces, pero con garbo.  Paseó de aquí para allá, tomó contacto con algunas gentes del lugar, una jovencita y un chaval lo llevaron a la playa, le mostraron su cultura y hábitos, le hablaron de la movida que por allí reinaba, las discos, las substancias más comunes, los paraderos de las estrellas, los carruajes manifiestos, en fin, lo pusieron al día por así decirlo. Todo este esplendor en la arena, que tanto satisfizo a nuestro extranjero viandante, al terminar su curso y volver dispuesto a pasar la segunda noche en aquella desvirtuada masía, se iría al traste en apenas escasos minutos.

La noche se había adueñado del cielo. Las ráfagas de penumbra volvieron a desnudar el silencio marchito años atrás con ayuda de la brisa, el polen y los almendros. Cuando aquel santuario de la roña volvió a presentarse ante los derroteros de nuestro amigo, otro personaje, desconocido hasta entonces, hizo incursión en la escenografía de esta historia.

Era un travestido. Nunca se le pudo advertir realmente, pues se hallaba inmerso en otra habitación con la puerta sellada y empleaba una escalera de pintor para salir al exterior por una ventana. Al parecer, nuestro yonki, en su infinita caridad, lo había acogido también una noche loca de aquellas que solían darse por aquel lugar. Pero, le salió rana. Pronto, este personaje supuestamente afeminado se desmarcó de manera automática del yonki, llamándolo eso, yonki de mierda. Y encerrándose en su habitáculo de manera permanente. Es decir, éste no salía del armario, salía de la ventana. Entonces el yonki se volvió loco, pero de remate. Empezó a chillar, su voz cambió, y el travestido desde el otro lado de la puerta le replicaba con chillidos aún más atronadores. El chico se vio envuelto en una disyuntiva peculiar. Aquello no podía ser. Las vociferaciones del travestido eran tan satánicas y amilanaban tanto al yonki que en medio de su desesperación ya no sabía qué hacer, y el chico, presto, se decidió a tomar las riendas de aquel desbarajuste. Golpeó la puerta, -eh! Pero quieres salir!!? Éste sólo quiere hablar contigo-. Y, algo, no eso, ni nada, ni todo, simplemente algo, encrespó al chico de manera súbita (No quieres por las buenas? Pues vamos por las malas). BOOM! Casi tumba la puerta de un patadón. El travestido se calló. Pero el yonki ya estaba en medio de su proceso y no paraba, daba la sensación de que este amartillamiento del chico aún los enredaba más a ambos. El chico fue esta vez, el que empezó a caer en cierta desesperación. El travestido se puso muy violento, amenazó con matarlos si salía, y, la verdad, era tan honda su verborrea, tan cargada de auténtico odio, que sí, daba miedo. – Tienes algún arma por ahí?-. – Io no sé-. –Joder, un palo o algo-. – Tengo un chuchillo-. –Genial, dámelo-. – Pero está ahí dentro-. –Dónde-. –En la habitación-. –Lo tiene él???-. Entonces el yonki, dijo –Espera!-. Salió raudo, trepitando, bajó las escaleras con celeridad y se esfumó. El chico, no pudo más. –Yo me piro de aquí pero YA-. Aprovechó la breve ausencia del yonki para apresurarse en recoger sus cosas, su desestimada libretita y salió pitando abrazando la nocturnidad. Atravesó de nuevo la vereda hasta dar con la carretera, enfiló esta, llegó a unas casas, giró una bocacalle a la izquierda, se topó con una posada de verdad, alquiló una habitacioncilla, subió, se sentó sobre la cama, sonó el teléfono, lo descolgó y escuchó por el auricular:

-Tengo el palo-.  

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