Noches de hormigón

Elmet era un hombre normal. Guardaba su pistola en el tercer cajón de abajo de su mesita de noche, bajo un pañuelo de seda, una caja fuerte con el libro de familia y algunos enseres más. El arma se encontraba descargada, la tenía sólo por precaución, pensaba en los suyos y no estaría dispuesto a privarles de su incondicional protección.

Tenía un trabajo normal. Como guarda de seguridad de unos astilleros importantes. Se había habituado por completo a aquello de  un modo que las largas jornadas nocturnas no hacían sino vigorizar su figura, esbelta, fuerte, poderosa siempre.

Lo cierto era que Elmet había conocido a Elena mucho tiempo atrás, y las disputas que habían protagonizado entre ambos no habían sido cosa menor, al menos, para la vecindad del barrio ya que éstas se daban sin ningún tipo de pudor, en la calle, los portales, etc...

Elment nunca había conseguido entender a Elena. Su independencia, su marcada independencia, le hacía sentirse indefenso, de tal modo que sólo podía concluir sus cabreos ante la impasibilidad de ella con... "eres una jodida puta", y cosas así, gritadas al barlovento con verdadera rabia y desesperación que terminaba haciéndole afligir debilitando esa rabia.

Pero se casaron, y tuvieron a la parejita. Ahora él surcaba las noches con aplomo mientras ella y los niños dormían y cierto era, que por momentos, en esa siempre impasible y endurecida pose, la de un hombre que es capaz de estar y aguardar más de 7 horas en un mismo cometido, ausente de cometido, a veces, por momentos, no podía dejar de sentirse el hombre más dichoso de la tierra.

Entonces Elena se despertó, la pequeña de la casa fue quien dio la voz de alerta. Se habían estado cometiendo robos en la barriada y un crujido en la terraza fue la causa de semejante aspaviento. "Mami, hay alguien fuera". "Qué dices Estela?", "he oído alguien fuera". Y un pequeño chasquido volvió a escucharse al otro lado de las paredes. Elena no se lo pensó dos veces y rehurgando con celeridad apresó el arma de su marido. "Y Juan? Está dormido?". "Sí, lo despierto?". "No". Y la alerta sacudió a las dos mujeres de un modo que las llevó de forma brusca y repentina a la habitación que comunicaba la terraza con el interior de la casa. El pecho bombeándole cada vez más insistentemente a Elena en contraposición con una serenidad inusitada en la niña que parecía ver la situación como totalmente controlada. "Mami, tienes la pistola del papá, vamos a salir!". "Y si él tiene otra? Es mejor que esperemos aquí. Silencio!". Fue entonces cuando al advertírsele a la niña este razonamiento que había pasado ciertamente por alto, una especie de indecisión si no todavía miedo la envolvió. Así pues pasaron unos veinte minutos en los cuales hacia el final la calma iba posándose en los ánimos de las dos mujeres de manera silenciosa y somnolienta. "Ya debe de haberse ido, mamá". "Sí, vuelve a la cama". "Y tú?". "Yo ahora me acuesto también"...

Y fue así como volvieron a conciliar el sueño. Nunca se supo si aquellos ruidos habían provenido de alguien realmente o tan sólo de algún animalejo furtivo, pero cuando Elmet regresó aquella mañana, preguntó a su mujer en la cama... "Aún estás dormida?", a lo que ella respondió, "Sí, y anoche por poco entran y nos matan a todos aquí. Menos mal que cogí tu pistola". A lo que Elmet, recostándose ya y tomando la anhelada posición de durmiente, respondió... "Genial. si no tiene balas".

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