Poema para la Libertad de Asia, África, Europa, América, Cuba y los Archipiélagos de la Mar (1856 - Walt Whitman)

¡Ánimo todavía, hermano o hermana míos!
Aguanta: hay que servir a la Libertad, pase lo que pase;
nada vale lo que desbaratan uno o dos fracasos, o el número que sea de fracasos,
o la indiferencia o ingratitud de la gente, o una deslealtad cualquiera,
o que el poder enseñe los dientes: soldados, cañones, códigos penales.

Aquello en lo que creemos, espera siempre, latente, en todos los continentes:
a nadie invita, nada promete, se sienta tranquilo a la luz, es terminante y equilibrado, no conoce el desaliento,
aguarda, paciente: aguarda su hora.

(Éstos no son sólo cantos de lealtad,
sino también de insurrección,
porque he jurado ser el poeta de los rebeldes del mundo entero,
y quien me acompañe debe renunciar a la paz y la rutina,
y arriesgarse a perder la vida en cualquier momento.)

La batalla se recrudece: suenan las alarmas, y se suceden los avances y las retiradas;
el descreído triunfa, o cree triunfar;
la cárcel, el patíbulo, el garrote, las esposas, el collar de hierro y los grilletes hacen su trabajo;
los héroes, tanto los conocidos como los anónimos, pasan a otras esferas,
los grandes rétores y escritores son desterrados, y languidecen en tierras extrañas;
la causa duerme; las gargantas más poderosas se ahogan en su propia sangre;
los jóvenes bajan la mirada cuando se encuentran;
pero, a pesar de todo, la Libertad no ha abandonado el lugar, ni el descreído se ha hecho con él.

Cuando la libertad abandona un lugar, no es la primera en hacerlo, ni la segunda o la tercera:
espera a que todos los demás se hayan marchado, y sale la última.

Cuando ya nadie recuerde a los héroes ni a los mártires,
y cuando toda la vida, y las almas de todos los hombres y mujeres, hayan sido expulsados de todas partes de la Tierra, sólo entonces la libertad, o la idea de libertad, será expulsada de esa parte de la Tierra,
y el descreído se hará enteramente con ella.

¡Ten pues valor, revolucionario de Europa, revolucionaria de Europa!
Porque mientras no cese todo, tú tampoco has de cesar.

No sé para qué sirves (tampoco sé para qué sirvo yo, ni para qué sirve nada),
pero me esforzaré por averiguarlo, incluso en el fracaso,
en la derrota, en la pobreza, en el error, en la cárcel, porque también todo esto es grande.

¿Creíamos que la victoria era grande?
Lo es. Pero ahora, cuando ya no tiene remedio, me parece que la derrota es grande,
y que son grandes la consternación y la muerte.

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