EL TRIBUNAL DE LA DESGRACIA


La sesión empezó caliente. Tomás era un trabajador al que habían despedido por coger cáncer. Se dedicaba a la construcción y su contrato lo refería muy claramente: “Hasta final de obra”.

La juez amartilló contra su atril la algarada de rumores que procedían de unas fuentes y otras instaurando el silencio; los de Tomás nimios, apocados y cansados entre él y su abogado, los del público distraídos y ociosos, y los de la compañía a la que acababa de demandar hacía unos días, solemnes, casi imperceptibles, rígidos y semi-estáticos con esa abogada al frente y tomando todos sus directivos asiento casi al unísono, como una maquinaria precisa y bien engranada. -El jurado, en su encomiable disciplina, ya hacía rato que lo guardaba-.

Y aquélla concedió el primer turno de palabra al abogado de la víctima.

- Verán señores del jurado, ante todo me presento ante ustedes y quiero presentar a mi víctima, porque eso es lo que, a fin de cuentas, es ante todo: una víctima.
Mi cliente, en los términos judiciales, es un hombre de 42 años al que se le diagnosticó un cáncer de colon con metástasis ya iniciada mientras desempeñaba su labor en una empresa constructora la cual llevaba más de 12 años realizando. Ahora se ha cumplido un año de su baja, sus facultades, a la vista está, se han mermado notablemente, obviamente, ya no es el mismo, al menos, a efectos exteriores, y llegado este momento, la empresa a la que ha servido con una fidelidad continuada todo este tiempo, ha decidido cesarle apoyándose en los términos de un contrato con unas cláusulas de ambigüedad notoria.
-Protesto!- incidió la abogada. –No existe ambigüedad alguna si se examina detenidamente dicho contrato.
-Pero sin embargo su definición, a la que los matices de ese contrato están sujetos, sí da lugar a una reformulación que trataré de explicar si la señorita abogada me lo permite.
-Denegada- incurrió la juez. –Prosiga letrado.
-Bien, prosigo... Bien sabido es, que por cada trabajador que adquiere una baja laboral la empresa pierde dinero. Y lo pierde en términos mutualistas. Pero no nos ceñiremos aquí a un desglose de términos burocráticos a los que seguramente la señorita abogada esté muy presta en relatar tras mi intervención. No. Pues la cuestión es obvia, lo que dice la ley es Ley y si sus cabos están tan bien atados, cómo hacer entonces justicia?-.

Los miembros del jurado se miraron unos a otros casi de refilón algo desconcertados ante esta última pregunta en términos retóricos. El abogado continuó su discurso.

- No se extrañen ustedes de esta aparente paradoja. Vamos por el buen camino si ya les ha incitado de algún modo a reflexionar.
La cuestión, en este caso, es sencilla: Una empresa privada como la que  nos ocupa tiene total libertad para despachar, apelando a los términos de su contrato, a un trabajador lesionado por el hecho de que se vuelve inservible, acepto eso. Pero lo que es inadmisible es el desamparo al que tras este hecho se aviene al ex-trabajador. Y lo que es más, la total ausencia de responsabilidad a la que estos señores intentan apelar. Ya no por el factor productivo, sino por el factor humano, el cual, si no está contemplado dentro de esos contratos que se firman en volandas y casi en medio de la acción laboral de un modo, casi podíamos decir, persuasivo, tal vez, y digo tal vez, lo debería de estar.

-Ha terminado letrado?- intervino de nuevo la juez.
-Sí, eso es todo por el momento, señoría-.
-Puede volver a su asiento. Por favor, que proceda a su intervención la defensa de los demandados.

La abogada actuó con diligencia, salió al estrado y pronunció un discurso tan directo como contumaz.

-La cuestión que nos ocupa no tiene vuelta de hoja, este señor tenía un contrato con mis clientes en el que están muy bien establecidas las pautas, ha estado por el plazo de un año que marca la ley abastecido de una retribución económica acorde a dicho contrato. Ahora la longevidad del mismo ha concluido, se le ha otorgado su indemnización y desvinculado con un proceder legal de la empresa que gestionan mis clientes. No existe anomalía alguna y su demanda de indemnización es completamente ilógica.

La abogada puso ahí su punto final y su intervención fue como una especie de vendaval ante el sosiego precedente del abogado. Los murmullos entre el público comenzaban a manifestarse. La juez hubo de poner orden de nuevo. Esta vez fue el turno de la intervención del afectado. Tomás estaba ciertamente, como ya había apuntado su abogado, bastante deteriorado. Unas sesiones de quimioterapia y radioterapia que lo habían prácticamente consumido, y así subió al banquillo de los testigos. Sin ningún miedo o tensión, salvo la conciencia de su malestar. Y su abogado lo empezó a interrogar.

-Qué tal, Tomás?
-Jodido-. Hubo entre el público un débil rumor de júbilo.
-Bueno, todos lo comprendemos. Me permites hacerte unas preguntas?
-Adelante.
-Está bien; qué ingresos tienes ahora mismo?
-Pues estaba cobrando 800 euros de la Mutua, porque bueno, cogí la baja, porque bueno, me pasó esto, y se ve que han decidido pasarlo a los Servicios Sociales, porque bueno, se ha terminado el plazo y…
-Sí, Tomás. Pero cuánto estás cobrando ahora mismo?
-Pues ahora mismo nada. Hasta que no me confirmen en Servicios Sociales si van a darme una paga o qué nada.
-Una paga de cuánto?
-Pues se ve que sería una parcial por el tema de que no tengo una incapacidad total.
-Es decir, que podrías trabajar de otra cosa.
-Sí, pero ahora mismo no!

Hubo entre el público otro arrebato de simpatía en forma de júbilo en forma de leves sonrisas acompañadas por la propia sonoridad de ésta.
-Ya, eso a simple vista está, y perdona que te lo remarque Tomás.
-No, si ya. La verdad es que estoy hecho una mierda.
-Se agradece tu franqueza.

Intervino entonces la juez.

-Se ruega un vocabulario más respetuoso para con las instituciones que al fin y al cabo estamos aquí representando todos.

-No digas palabrotas, Tomás-.  Apuntilló el abogado.
-Perdón señora jueza. Pero es que no sabe usted…
-Bueno, sigamos Tomás.  Cuando se te despidió se te dio algún motivo concreto por parte de la empresa a la que servías?
-Bueno me mandaron una carta y que fuera a recoger el finiquito.
-Qué decía la carta? Puedes recordarlo aunque sea vagamente?
-Cómo?
-Que si recuerdas qué ponía.
-Pues eso, fin de obra.
-Y aún así, llevabas un largo tiempo trabajando con ellos.
-Claro, es que fin de obra te lo ponen para no tener que hacerte fijo. Así se te va renovando solo.
-Es decir, que no existe esa obra.
-Cómo?

Y aquí el abogado hizo un alto. Se semigiró hacia el jurado, luego se giró por entero hacia el público, y finalmente atisbó por el filo de su ojo la silueta inamovible de la juez.

-Se dan cuenta, señores del jurado, personal aquí asistente, señora juez; señorita? –enunció mientras se refería a la abogada con un golpe de vista claramente provocador- ven ustedes como, al margen de cualquier vicisitud, la terminología principal del contrato ya condiciona cualquier denominación posterior? Y si esta es errónea, erróneos son sus enunciados-.
Tomás en este momento quedó desplazado como el que se deshace de un compromiso dejando que otros lo tomen por él.

-Puedo hacerte una última pregunta, Tomás?- . Avino de nuevo el abogado.
-Claro.
-Qué has comido hoy?
-Un perrito caliente.

-No hay más preguntas-. Sentenció el abogado.

Y diciendo esto último se retiró a su asiento y se abrió paso para el interrogatorio de la abogada.

Ésta se mostraba con la misma diligencia que antes y fue directa al grano.

-No es cierto que en los 12 años que lleva usted trabajando para esta compañía ha gozado de todos los permisos posibles, pagas extras, vacaciones, seguridad y confort?
-Sí pero…
-Y no es cierto que en 2016 usted ocultó los indicios de esa enfermedad que ya se le habían revelado para poder conservar su puesto de trabajo aún a sabiendas de que los informes médicos le habrían incapacitado ya?
-Sí pero porque…
-Déjeme continuar. Aún así, estiró el brazo, como se suele decir, llegó a un punto límite en el que hubo de tomar esa baja y después de un año, como marca la ley, usted sigue sin estar apto para trabajar. Es así?
-Sí.
-Y por qué no puede trabajar?
-Tengo cáncer.
-Y acaso no lo tenía hace dos años?
-Sí pero…
-O sea que lo tenía y aún así decidió poner en riesgo tanto su integridad como la de sus compañeros. Y ahora, ahora que el mal parece irreversible, quiere sacar partido de una situación que usted mismo no ha sabido gestionar.
-…
-Mire, no voy a entrar en telas de juicios morales con usted, porque estoy casi segura de que si lo hiciese saldría perdiendo…
-Protesto!!
-Aceptada.
-Está bien, aquí la cuestión que se nos plantea es simple, usted no está para trabajar, de hecho, antes de que se manifestasen esas carencias físicas ya no lo estaba, y ahora la compañía que defiendo simplemente ha hecho uso de la ley para llevar a cabo su procedimiento particular. Se queja usted, o su abogado remarca más bien, que está desamparado y quiere hacer a mis clientes responsables de dicha situación. Cuando ellos tan solo han cumplido con su deber. Le han sido fiel en unas innegables buenas condiciones laborales. Etcétera, etcétera… Mis clientes poseen una de las compañías más prestigiosas tanto en el terreno productivo como en el del cuidado de sus trabajadores los cuales gozan de buenas primas y sonadas vacaciones. Lo suyo es un intento por mancillar dicha imagen. La cual, hasta este momento, ha sido intachable.
He terminado señoría, no hay más preguntas.

Tomás perdió entonces la noción del espacio por momentos, la vista se le nubló, la cabeza se le ladeó ligeramente de un lado a otro, tuvo que bajar del banquillo apoyándose en la barandilla adyacente y dando unos primeros pasos de tanteo y sopeso.

Los murmullos se pronunciaron esta vez entre el público. Al parecer la sesión iba a concluir y la juez mandaría a los miembros del jurado que durante toda la sesión parecían haber mostrado interés estático a divagar un veredicto.

Tomás se había querellado contra aquella compañía por no ofrecerle ninguna garantía cara la administración después de darle la patada en el culo, y la administración sólo podía tomar parte en su caso retribuyéndole con una pensión completa si aquélla reconocía su incapacidad laboral total.
Cierto era que Tomás estaba librando una lucha feroz contra aquella enfermedad, en medio de la cual, ni dar pipas a los palomos podría. Pero la burocracia no se lo reconocía así, los informes médicos manifestaban progreso aunque una posible incapacidad limitada. Y no obstante, entre este balanceo de unos y otros había llegado hasta el punto de quedarse sin retribución alguna, aunque por un periodo de tiempo hubiese sido. De quién era la culpa? De la administración por no cubrir esos vacíos asistenciales? De la compañía por cerrarle el grifo? De él mismo por ser un trabajador más con el consecuente miedo a perder su puesto de trabajo y darlo todo, incluso enfermo, para cumplir con su labor y poder vivir?
Eso es algo que se verá a continuación.

Los miembros del jurado estuvieron exactamente una hora y veinticinco minutos divagando y discurriendo sobre todas estas exposiciones dadas en el juicio y sobretodo la premisa del mismo. Cuando salieron, el portavoz se irguió con el veredicto en la mano y procedió a relatarlo:


<<El jurado popular de Ciudad de México correspondiente al distrito 26 se ha reunido hoy para sentenciar el caso de Tomás Allende Rubio contra la compañía constructora internacional Acerás. Y vistos los argumentos expuestos por parte de la acusación y la defensa así como los testimonios del implicado ha decidido que: Acerás deberá pagar una indemnización equivalente al salario que durante 12 años el implicado ha recibido sirviendo a esta constructora. El motivo es, y así lo entiende el jurado, que la premisa del contrato no se ha cumplido y se ha visto interrumpida por factores externos a la voluntad del implicado. Y establecemos la cifra de 12 años porque es al parecer lo que la compañía desde su negligencia entiende por un “fin de obra”.>>

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