La Pelirroja

La pelirroja era, sin ninguna duda, a la que había que proteger.
Porque le rociaron la cara con aceite hirviendo al nacer; porque fue excluida de su corriente familiar; porque los hijos renegados de Bocaccio la acosaban sin parar; porque llevaba la marca; porque era peculiar, pero de verdad; porque era tan delicada como un ramillete de olivo y a la vez tan esencial; porque era fresca –en el buen sentido-; porque se posaba sobre los objetos de este mundo como si fuesen suyos; porque acaparaba la atención de los más libertinos; porque su coquetería iba más allá de cualquier preconcepción femenina; porque sus ojos azules podían ser la luz de muchos y a la vez las tinieblas del resto; porque su fidelidad, a sí misma, era inamovible; porque su sonrisa la dotaba de un porte significativo; porque de haber mendigado –cosa que nunca hizo- el oro le habría llovido del mismo cielo, porque de haberse prostituido sólo el sabio, anciano y mentor habría acudido a su lecho; porque el Marqués de Sade jamás habría podido hilvanar con su suerte infortunio alguno; porque su solemnidad iba pareja a la de los dioses; y a la vez…
Era frágil como el cristal, tierna como el lechal, dulce como la miel, ardiente como el hierro en la forja, vital como el oxígeno, embriagadora como el polen, sabia como el mismo Sócrates, sincera como el temor, rabiosa como el hurón, alegre como un vals, cándida como la luminosidad de una vela, hechizante como un conjuro céltico; y su cuerpo, una elegante rúbrica a tales y semejantes atributos.
Por ello hubo plena concordancia en el pabellón de los caballeros de la realeza. La pelirroja era, sin ninguna duda, a quien había que proteger. Y así, juróse lealtad a su deambular, a su inmaculada piel, para que nada ni nadie pudiese mancillarla jamás.

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