Historias del Turia


Jassil es un colega. Un colega que vive en la calle y vive historias. Historias de la calle. De la calle más profunda. De vez en cuando se pasa por aquí, intercambiamos algo de materia subsistoria y nos miramos las caras balbuceando cualquier cosa. Lo conozco desde hace un tiempo, es un tipo correcto, un observador muy sagaz con tal vez algo de demasiado sentimentalismo. Decía Hamsun que el pobre inteligente no es igual al inteligente con dinero. Pues aquél es más taimado, advierte las conversaciones que se suceden a su alrededor por su paso en las calles con mayor avidez. Haciendo hincapié en multitud de pequeños detalles y formándose con ello una idea de la realidad más fiel a la auténtica realidad. El adinerado vive en una burbuja, literal, de códigos, de desempeño artificioso. Sin contacto directo con el asfalto, con la sinceridad más vil de las personas, la indiferencia, la hostilidad, el miedo, el descrédito de frente, con las raíces de la verdadera jungla.

Isabel es una mujer desgraciada. No vive en la calle, pero es pobre. Y con un pasado como ella misma iba diciendo hasta hace unos días ligado al alcohol. A Isabel la conocí un día, una mañana nocturna de esas en las que se retrasa el amanecer. En un bar de esos que abren pronto y sirven de cobijo para todo tipo de alimañas, trabajadores incluidos. Pues es en la primera hora, en las primeras palabras de la jornada, donde el ser se descubre más nítidamente. He trabajado en demasiados lugares de mierda para cerciorarme de esto muy bien. E Isabel apareció por allí. Yo me encontraba entre los vituperables. Los mendigos, los desplazados del sistema, los haraganes y más mal vistos. Por pura casualidad. Pues esta gente tiene una faceta que el resto no. Son accesibles. Puedes acercarte a uno de ellos, hablarle, y que te responda sin suspicacia alguna, tal vez porque en estos casos la suspicacia esté generalmente invertida hacia ellos. Y yo, por el contrario a lo que pudiera parecer, soy muy social, muy coloquial, tanto así que rechazo de facto toda superficialidad. Con esta gente puedes hablar de tú a tú, incluso sin hablar, aceptar tu condición, aceptar la suya, y simplemente permanecer. Y en una de esas mesas apareció Isabel con un perrito. Un cachorro de raza grande. Que acogía con sutileza pero no mimo, con una delicadeza sólo digna de quien sabe tratar a un ser vivo. Entre sus brazos. Hasta le hice una foto con mi móvil. Unas manos ásperas aparecían en ella que sólo por el modo en que sostenían a dicho ser se cubrían de sedosidad. La aurora llegó, empañó el cielo, los cucos dejaron de gorjear para dar paso a los primeros vuelos de las primeras aves matutinas entre la arquitectura urbana, mi brebaje se terminó y poco mayor contacto tuvimos aquella mañana tras desaparecer yo otro día más de aquel lugar.

La segunda vez fue otra mañana más avanzada pero esta vez en el horno-cafetería de al lado de mi casa donde suelo desayunar. Pasaba por allí y me enganchó por banda. No parecía la misma, en efecto. Había sufrido ya los estragos de los primeros andares del día entre la muchedumbre, con su condición e imagen que aunque no era mendigante sí acusaba los deterioros propios de su pasado alcohólico y humilde. Y empezó a hablar muy rápido, casi con ansia, yo supongo que la supe sostener, de trivialidades que al parecer le estaban agobiando la vida, pero todas encadenadas con demasiada celeridad. La mujer, obviamente era lúcida, no había un solo defecto en su discurso el cual gozaba de total coherencia pero las formas eran lo que echaba un poco para atrás, más si tenemos en cuenta que, respecto a lo que he dicho de las mañanas en relación al alma de las personas, en mi caso siempre han solido ser ultra-silenciosas.

Entonces de algún modo, entablamos un conocimiento el uno respecto del otro. Y así nos iríamos viendo alguna que otra vez más siempre de manera casual hasta que me reveló en una de ellas que quería hacerse un tatuaje. Algo que dijese algo. Sólo letras. Y yo tuve la fabulosa idea de diseñárselo a partir de unas breves directrices que le pedí que me fuese dando durante una conversación. Mi conclusión fue la siguiente, la composición que surgió fueron tres palabras, con una letra de esta mega-elegante que rememora a los manuscritos de la era del romanticismo: Luck, Love & Resistance. Se lo imprimí, se lo plastifiqué en la copistería y cuando se lo mostré y le traduje lo que significaba -pues ella lo quería en inglés, el idioma más bello a su parecer- no le gustó. Decía no creer en el amor, ni en la suerte, la resistencia sí, eso sí. Así que hablamos un poco más, traté de indagar un poco más pero sin indagación alguna, sólo que me expresase sus sentimientos de forma llana. Convenimos en que ella creía en “algo”, que no sabía lo que era pero “algo”, alejado del amor y todo eso que le había expuesto en la primera intentona. Al despedirnos dijo algo, una palabra, La palabra, y la dijo como escabullida entre todas las demás palabras, el Destino. El destino?? Dije yo. Sí, dijo ella. Y reformulé la estampita: Anything, Resistance & Destiny. Ésta entonces acabó por gustarle. Le regalé un par de ellas para que las llevase a un tatuador profesional, en el caso de que no hubiese podido pagarlo yo mismo se lo habría costeado pero la cosa se truncó mucho antes. Ella me hablaba de un tipo que tatuaba al estilo del talego. Que le temblaba mucho el pulso y presenció cómo le hacía un desaguisado a otro. En fin, un desastre. Isabel estaba totalmente descolocada del mundo juicioso. Pero conservaba su curiosidad y sus ganas de saber más. Así que nos dimos los números para mantener un contacto y la siguiente vez que me llamó fue para tratar de venderme o aconsejarle sobre la venta de un trasto de esos de hacer ejercicio estático en casa. Allí tuvimos “aquella conversación”:

-         Pero esto no vale una mierda Isabel.
-         Pero si funciona, y pesa mucho.
-         Pues llévalo a la chatarra no sé…
-         Y en eso del Internet? Por ahí no se puede vender?
-         Pues tendríamos que ver por cuánto se está vendiendo mirando la marca y el modelo, si dices que funciona…

(Esta conversación se daba en el rellano porque ella no me permitió pasar, no es que me encontrase ante su negativa es simplemente que sacó el aparato al rellano y ahí, a la altura de los peldaños de la escalera fue donde conversamos)

-         Claro que funciona, si me la trajo un chico y me dijo que estaba nueva.
-        Bueno mira, aquí dice que se está vendiendo por 20 euros. En buenas condiciones, y esta está hasta un poco oxidada. Si tratas de venderla lo primero que te van a hacer es el regate, y mirarán para ello lo mismo que estoy yo mirando ahora, lo más seguro es que te la quieran sacar por 10 euros.
-         10 euros?? Pero eso es una mierda.
-         Por eso te digo que la lleves al chatarrero.
-         Y cuánto me darán allí?
-         Pues no tengo ni idea pero tiene mucho hierro, algo seguro, aunque sean 5 pavos, eso aseguras, del otro modo te arriesgas a perder el tiempo.
-         Bueno pues no sé… 5 eurillos al menos algo son…

Y fue entonces, tras la revisión del trasto, cuando nos sentamos ya calmosamente en uno de los peldaños a fumar y se dio la conversación más personal. Habló de su hija, se refería a ella con desdén. –Un padre tiene que saber reconocer los defectos de sus hijos-, como remarcaba. Y habló del cáncer superado por su madre hacía tan sólo un año. Convenimos en la misma opinión sobre los médicos y la medicina. –Decían que iba a morir, es que ellos siempre te plantean lo peor para que luego si sucede lo contrario llevarse el mérito de haberte curado-. Esta reflexión me gustó especialmente. Los médicos eran unos hijos de puta sin entrañas, con el alma carcomida por la descreída devoción a una ciencia mayormente ineficaz que se alimentaba de desgracias para atraer nuevos adeptos. Fue maravilloso oírla hablar. –Mira, yo cuando llegué allí al hospital, estaba mi hija, y ella… estaba rara, como si no me quisiese dejar verla por temer mi reacción. Porque coño, vale que yo estaba viviendo una circunstancia difícil con el tema de la bebida y temían que volviese a recaer. Pero yo quería ver a mi madre, joder, aunque estuviese muerta la hubiese querido ver, es mi madre. Y cuando la vi, fua… Mira, los pelos se me están erizando. Fue una sensación muy… fua, no sé… estaba muy mal…-. Yo temía la resolución de la historia que ella entre enredos no terminaba de concluir y pregunté, -pero entonces ahora dónde está tu madre?-. –Ahora?? Pues haciendo la siesta estará-. Esto me hizo desplegar una gran risotada completamente afable. Me despedí de ella y le dije mientras me marchaba, -yo también pasé 20 días en la UCI y me veían al otro lado y también mira, estoy aquí-. Así que eso fue todo hasta la siguiente vez que me llamara unos pocos días después. Esta vez para pedirme tan solo cinco euros. Y por teléfono, empezó como era habitual a exponerme su caso, el motivo por el cual me hacía esa petición. Pero su defecto era alargar mucho el hilo de la historia que estaba contando, aún así yo le permitía y la dejaba hablar. Hasta que me mosqueé un poco porque es que ni tan siquiera me dejaba meter una vocal en su interminable discurso. Y le dije, -mira, ahora mismo tengo diez mil pavos en la cuenta corriente-. Así, y lo expresé bien contundente para que hasta los moscones habituales de alrededor se percatasen. Ella lo tomó con acritud, le chocó, no le importaba eso, decía, pero Isabel no entendía de dobles sentidos, no veía mucho más allá de su historia personal en la que estaba totalmente inmersa y se desbocaba por sus labios cada vez que se encontraba conmigo. Nos parecíamos mucho en realidad, ella también era taciturna en los primeros momentos de aquellas mañanas. Pero la vida… Es así. Y lo último que me ha contado Jassil es que ayer se la llevaron presa de un ataque de ansiedad en medio de la calle. Que él la ayudó. Y que se congregó un gran tumulto a su alrededor. La gente sacando fotos con sus móviles, comentó Jassil. Y es curioso, porque Isabel al parecer había encontrado, si no un amor, sí un calor de compañero. Un amigo de Jassil llamado Paco que había convivido con él durante cinco meses en las calles y al cual hallaron muerto el otro día justo al lado de la estación del metro, con la cabeza rajada y medio desangrado. El motivo un traspié que le hizo caer al suelo y partirse la crisma. En aquella ocasión dónde estaba la gente de los móviles? Pues Jassil me contaba que pidieron ayuda, Paco iba en compañía de Isabel en el suceso, y nadie, nadie, con toda la gente que transita a diario esa parada, tuvo la mínima sensatez para telefonear a una ambulancia. Paco murió en los brazos de Isabel, y sus manos, vienen a mi mente exactamente idénticas al candor que desprendían cuando acariciaban aquel cachorrillo en la primera vez que nos conocimos. Podemos llorar, podemos lamentarnos, pero ya no hay nada que hacer. Isabel volvió a la bebida según cuenta Jassil, -solo bebe, y no come, está muy delgada, y solo beber, solo beber… yo le digo, deja eso, tienes comer... tienes dormir… eh tranquila, deja eso…-. Pero Isabel no hace caso a nada. Lo intentó, ser una más, incluirse en la sociedad, pero su historia era tan larga y frágil a la vez que tal vez la acaparó sin poderla sostener. –Que le den por culo!-, concluyó Jassil. El mismo que la rescató de aquel ataque y consiguió que tres chicas avisasen a la policía. En fin, que nos den por culo a todos.

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