LA CUESTA DEL SASTRE


Allí, prácticamente, me crié. Y hablo de una crianza casi espiritual. La pesca de cangrejos en el río, los senderos tortuosos con una bici de niño, los experimentos de bricolaje en el garaje de mi tío, las viñetas como un pasatiempo iniciático, las peleas con mi primo; una de las cuales nos llevó a rompernos el uno al otro nuestros pretendidos y ajados comics. Ajados hoy y ajados entonces, siempre ha sido como si para ellos el tiempo ya hubiese pasado. Como un tesoro que lo es desde su comienzo, como una reliquia anticipada. Es por ello que aquello fue más duro que rompernos las narices el uno al otro.

Con mi primo siempre tuve una relación dispar. El Carros de fuego de los Faemino y Cansado representado en aquella piscina cuadrada y portátil que se conformaba con cuatro varas de hierro y una lona impermeable azul. Eran momentos de diversión enfática. Eran la recreación. Los muñecos de Tente acoplados a las naves que nos inventábamos con todas aquellas piezas a granel. Para mí era la compenetración, la complicidad, pero cuanto más avanzaba aquel sueño lúdico, más parecía él ir por delante. Como si se desmarcase. Por esto le guardé rencor, y para qué lo vamos a negar; nos lo guardamos mutuamente. Yo perdía un amigo, él perdía un primo, pero he perdido tantos…

No obstante, aquel acontecimiento fue digno de enmarcar. Los jóvenes que participaron en aquella carrera tenían un nivel físico bastante pobre. Se trataba de todo un Tour. Mi primo y yo nos debatíamos con la conciencia de yo saber que él era más fuerte. Dejamos a todos atrás pronto, dimos las diez o quince vueltas que establecimos a aquella manzana de barro y polvo, y al llegar al sprint final, no hubo disputa. La cuál yo temía. Es el devaneo clásico del ciclista ante la expectación del tramo final de la carrera. Por el contrario, nos colocamos en paralelo, alzamos nuestros brazos, y tomándonos la mano el uno al otro, cruzamos aquella imaginaria meta. “Un indio en París”, decidimos dar de nombre a nuestro equipo, pues ambos portábamos una camiseta negra de esas que se estilaban tanto por aquel entonces; yo con el rostro de un indio y él con un motivo de Disneyland París. Formamos también nuestra propia emisora de radio. Que no frecuenciaba, que simplemente se grababa en cintas de manera fantástica. Con nuestras secciones, nuestras alusiones al público, nuestra publicidad, los remixes del momento, las crónicas del día, nimiedades, y que puede que aún se conserve alguna.

Después estaban aquellos parajes; hoy he visitado “La Fuentesica”, nada que ver a por aquel entonces. Hasta un helicóptero me ha sobrevolado justo la cabeza. Entonces eran lugares vírgenes, o semi-vírgenes, que estaban empezando florecer, que se marchitaban solitarios, indómitos, que habíamos de recorrer por caminos serpentinos sin olvidar nunca la bifurcación de vuelta. Eran tiempos para la exploración, la lejanía, y nunca, nunca, nos perdíamos. El kiosko de la Pura… Cómo encontramos aquel lugar??? Una especie de madame de la mampostería de un precario establecimiento hallado en uno de los lugares más recónditos del lugar. Los árboles que encontrábamos por el camino y considerábamos dignos de emplear para construir un nuevo refugio con algunas sábanas a modo de cortinas. Árboles al llano.

Y puedo ir más lejos en mi memoria, y recordar a mi abuela, cuando aún dormíamos en la casa de una vecina por hallarse la otra en sus plenos cimientos. Cómo nos masajeaba la barriga cuando nos dolía con aceite de oliva puro. Que desprendía un olor terrible. Y aquella piscina de obra en la que contagié de varicela a mi primo y la hija del hogar. Cómo lo empecé a sentir por la noche, era esa sensación, una angustia debilitante, en aquel comedor, más humilde que el pesebre de un pastor, pero cálido y acogedor. Entre el murmullo de las voces adultas, el griterío de los de mi misma condición, la cocina, adyacente al comedor, desprendiendo su humo pertinaz para alimentar a siete u ocho personas. Y el presentimiento del empezar a palidecer. Ni los juegos de pin-ball que habíamos diseñado sobre unas tablillas con gomas y clavos servían para hacer gozar mi ánimo.

Descubrí allí también la nocturnidad. La clandestinidad. El abrigo de la noche entre amigos, siempre mayores que yo. De los que no paraba de aprender sintiéndome como uno más desde mi posición humilde. Aún transitaba con mi bici de niño a la que acababan de quitarle las ruedecillas y que me regaló unas navidades mi otra abuela. Un hierro azul marino resistente como los que ya no se hacen. Y cómo para seguir el ritmo de los mayores con sus California BH y sus Mountainbike había de someter mis piernas a un centrifugado extremo para hacer girar así las minúsculas ruedas de mi pobre bicicleta. Pues bien, en la noche se celebraban muchos juegos, casi como rituales, eran embriagadores, estimulantes, y arriesgados. Sí, no estamos hablando de nada más lejano al simple Escondite, pero aquellas zonas, casi como pantallas del Counter-Strike, hacían de cada evento eso mismo, todo un evento. El Dormilón consistía en como en el Escondite, buscar un lugar y esconderse, con la salvedad de que en este caso no podías moverte del lugar escogido y habías de permanecer en él hasta ser descubierto. Esto, echando la vista hacia atrás y pensándolo ahora, te dotaba de un instinto de búsqueda peculiar, y no sólo eso, también de un instinto de espera extraordinario. Eran simples juegos, nunca le dimos a la pelota o el columpio, pero yo creo que a todos nos fascinaban por igual. En otro se escogía un tema; marcas de coches, de ropa, animales de agua, no sé, cualquier tema, se escogía de primeras por consenso, entonces se trataba de encontrar una palabra relacionada y cuanto más larga fuese mejor, pues con cada sílaba de esa palabra se daba una zancada que te acercaba a la pared donde el que pagaba aguardaría para capturar a la próxima víctima en su sustitución. A veces las palabras de algunos eran tan largas, tan ingeniosas, que la mayoría de veces alcanzaban la pared y uno podía tirarse pagando varias rondas seguidas, lo que siempre era un tedio porque eso te eximía del mismo juego colocándote como un peón de relleno.

Y cómo olvidar a las féminas, las féminas del lugar, siempre mayores a mí, y una en concreto, de la que inevitablemente me enamoré. Ellas no jugaban con nosotros, entonces ni se fumaba, ni se bebía, ni existía ningún elemento intrusivo en aquellas veladas. El amor imposible, la marcada diferencia de edad en desarrollo, el “me gustas; pero si fueses más mayor…”, la pureza del sentimiento romántico, mi primer seno en tocar o casi más bien rozar, el embrujo de la seducción, el embelesamiento hacia un rostro netamente bello y mágico. No sé dónde estás, no sé qué fue de ti, el tiempo pasó y jamás nos volvimos a intuir. Los veranos pasaban por aquel entonces, como grados. Como fases que se iban superando y otras nuevas que iban surgiendo. Así llegaron las motos, se fueron los nunchakus, llegaron los ordenadores, se fue nuestro “horno” recóndito por los entresijos de la casa donde calentábamos figuras hechas con barro, llegaron los porros, el pavoneo, las discrepancias, la aventura desde otro punto de vista. Y entonces se formaron dos grupos, el de los malos, por así decirlo, y el de los ñoños, por así decirlo. Para entonces yo ya estaba entre dos tierras. Las mujeres de la zona estaban con los ñoños, pero los malos se extendían siempre más. Llegaban con sus motos más lejos y era más arriesgado, así se conocían mujeres casi de otros mundos. Con los ñoños jugaba a PcFútbol, con los malos nos hacíamos cabronadas unos a otros. Fue la época de la decadencia, y sería más o menos a esa altura cuando mi curso por aquellas tierras empezó a desvanecerse hasta llegar a hoy, donde he visitado aquella Fuentesica donde cazábamos aquellos cangrejos de río con las cangrejeras del padre de uno de aquellos amigos. Como digo, todo ha cambiado a pesar de permanecer casi inalterable. Pero ya no se observa vida en los alrededores, ya no son ese lugar de escape, las casas se han hermetizado, la vida ahora parece más confidencial, incluso los animales parece que hayan dejado de vibrar. Lo que una vez fuimos y otorgamos al lugar ha desaparecido. Si es que alguna vez ocurrió y no fue todo como ese programa radiofónico.   

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