El artista que no miraba las plantas


Miraba el cielo. Y del cielo a su pecho. Entonces se le humedecían los ojos y la totalidad del mundo venía a su resguardo. Tenía un amigo al que le sucedía lo mismo, pero por las noches y en completo desamparo. –Has visto Jassil? Yo también lloro-, se decía a sí mismo. Y el artista vagaba, tratando de romper las cadenas que le apresaban en el lugar donde practicamente debió nacer. Cuanto más se alejaba de él más liberado se sentía. Le gustaba no saberse conocido, y la verdad es que, desgraciadamente, conocido era bastante. Desde su pozo de intimidad no entendía a las personas, no entendía su hostilidad, cuando no, mera indiferencia. Quizás era culpa suya, no acertaba con el tono adecuado, con la pose serena o con la deferencia neutra. Y el artista vagaba, y cuanto más se aproximaba a su casa, mayor eran la pesadumbre y desconsuelo. Estaba claro, el artista necesitaba huir. Encontrar un lugar donde ser pasajero, eterno pasajero, y al que no volver la vista atrás jamás. Tal vez si Jassil y él conseguían reunir algo de dinero podrían cruzar la frontera, hallar un lugar en el monte, donde cada amanecer es diferente, y establecer allí sus vidas por un tiempo, el que durase.

Mientras tanto el artista trataba de soportarse a sí mismo, a sus allegados, y alcanzar cada día un mínimo resquicio de esperanza, ya fuera con un sueño, ya fuera despierto. Y el artista vagaba, más allá de las calles mudas de su barriada. Ahí era donde, inconsciente, se daba a la contemplación de todo lo nuevo. Pero siempre había personas, personas teledirigidas, unas con mayor sagacidad que otras, y su noción evidente de ellas, sus miradas extrañas, lo devolvían a un mundo que no era. De pronto agachaba la cabeza, se volvía esquivo, incluso a muchos metros de distancia, y su verdad sencillamente desaparecía. ¿Acaso no era el hombre un ser de las nubes? ¿Acaso no lo era del cielo? ¿Del infinito y sus elementos? No podía comprender qué hacíamos todos aquí, dándonos codazos, sacudiendo la pelambre, estrechando nuestros corazones, y ajenos al aroma de la brisa. La iridiscencia de la vida era tal que sólo la neutralidad de los objetos ya lo desanimaba.

Encontró un rostro fiel, unas cenizas de meses antes, encendió una hoguera sobre ellas con algo de leña sobrante y dejó al fuego entablar su conversación de chisporroteo y lenguas ardientes. Fue lo más parecido a saberse en aquel monte.

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