LA HISTORIA DE LAS TELES; EL CAOS BURSÁTIL; Y TODO LO DEMÁS


                 Corría el año 2017, yo acababa de salir del hospital, un proceso que supuestamente hizo peligrar mi vida. El caso es que yo me encontraba renovado, hecho una piltrafa, pero renovado. Allí en el hospital yo había estado visualizando Boing, a las cuatro de la mañana, a las doce del medio día, perdiéndome en reposiciones infinitas, descubriendo la moda infantil de estos tiempos, con los NinjaGo y sus enrevesadas historias enalteciendo siempre el honor y la amistad, el trasnochado Mr. Bean (porque casi siempre lo reponían de madrugada) trasladado a mini historietas animadas basándose en el personaje que aquellos afamados sketchs nos dejaran, Garfield, estirado de un modo bastante tedioso y muy distinto a aquella serie que en los noventa protagonizase junto “als seus amics”. Pues bien, puede decirse que, de algún modo, todo este variopinto elenco de personajes fueron los que realmente me sacaron de aquel letargo postrado, inactivo y largo en aquella incómoda cama de hospital, pues si habemos de avocarnos a los médicos, hay que reconocerlo, son todos una panda de incompetentes. Matasanos, se les llamó en alguna época, ahora yo simplemente diría unos matados, dados al desconcierto, al alarmismo, a la negligencia, a la soberbia en algunos casos y a la mediocridad en general. Y si no me creéis agarraos alguna enfermedad guapa de estas que requieran muchos cuidados intensivos, sólo de verles la cara acabaréis cruzando el limbo.

                Pues bien, el caso es que yo había tenido un amor lejano no realizado. De Internet y chuminadas de esas que hoy en día gobiernan el mundo. Nada, fantasías. Y mi única pretensión era llegar a ella, de cualquier modo; hacía años lo nuestro había terminado, pero una corazonada me dijo que ella seguía al otro lado. Empecé a desbarrar por la red, a tocarlo todo, a tocar botones sin ton ni son guiado por el puro instinto y de pronto empecé a notar las reacciones a aquellas destartaladas andaduras.  Mariano Rajoy se encontraba en el poder, Pedro Sánchez acababa de ser ninguneado por los que fueran de su mismo partido, los asesinos moros implantaban el terror entre la civilización, y a mí no se me ocurrió otra cosa que escribir en una ventana emergente de mi ordenador: “confías en mí?...”. Emulando a aquella genial escena de la película de dibujos de Disney Aladdin, donde éste le tiende la mano a Jazzmine en medio de una persecución y ésta debe tomar una determinación inmediata. Pues yo sólo quería a mi Jazzmine, fuera ésta, la otra o la que fuera, pero sobretodo a ella. Cuando apreté el botón de ‘enter’ se produjo el caos. El viaje tal vez, en esa alfombra voladora de ensueño, de peligros y éxtasis.

                Mi  computadora se colapsó, no sé si las de medio mundo también pero el caso es que cuando accedí al comedor donde puse la tele o ésta ya estaba puesta empezó un bombardeo de mensajes que decían en letras rojas y grandes “SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ…”, en medio de la programación. Así que sí, estaba claro, el peligro era real. Al parecer yo había estado tonteando con los índices bursátiles cada mañana de manera premeditada y éstos habían sufrido alguna especie de afectación relacionada con mis actos. Me cercioré de esto mejor cuando un par de coches negros acorazados acamparon sospechosamente a las puertas de mi casa. El miedo me invadió, lógicamente, y de pronto temí por mis padres. Los acontecimientos sucedían de manera convulsa, Mariano Rajoy aprovechó para irse al Caribe, el miedo se respiraba en el ambiente, los reporteros denotaban desesperación, las gentes en la calle, mujeres de avanzada edad y plañideras mayormente, sólo sabían apelar al histrionismo precipitado y racista, “esa mujer nos ha salvao! esa mujer nos ha salvao!”, atinaban a expresar a gritos. Qué mujer? En todo caso el héroe había sido yo. En la revista Jot Down del País se volvieron también medio gilipollas con una desesperación similar cuando yo dije, tras oír los ladridos de los perros, que mientras éstos se pronunciasen todo iba sobre la marcha. Así que para qué negarlo, la incertidumbre me mosqueó y salí a la calle para comprobar si la crispación que pretendían emanar los medios se correspondía con el transitar general de la gente normal. Todo iba de momento bien así que regresé a mi casa y puse musiquita relajante para apaciguar los ánimos del universo entero; pues cabe decir que lógicamente todos mis sistemas electrónicos ya habían sido monitorizados para tal entonces. Al parecer los ejes mundiales estaban previniéndose para una posible guerra dentro del mundo civilizado, sólo bastaba una chispa en un lugar determinado para hacer estallar el polvorín en el que esta llamada Humanidad se había instaurado. Y ese lugar podía ser tanto mi casa como la de Arguiñano, al cual se le veía visiblemente afectado mientras amasaba unas croquetas trémulamente al tiempo que su imaginación evocaba Guernika. Mientras tanto los anuncios de desodorantes seguían igual así que la mayor parte de la población ni se percató de esto. Pero Dios quiso que fuese mi hogar, y en el punto más álgido de semejante conflicto los aviones bombarderos se desplegaron sobre mi tejado. Estaba claro, venían a por mí, venían a por todos, y lo que más me fascinó fue ver a dos señoras charlando en el rellano de una escalera dándose un último adiós y aceptando que morirían bajo los escombros. Así son las gentes valencianas. “Y no te olvides de cambiar la hora el sábado”, le diría la una a la otra, qué sé yo. Aquella noche la recuerdo como la de mi propia muerte. Ante la noción de todo esto mis fuerzas me abandonaron por completo, me convertí en un ente, si sólo se pretendía asustarme lo consiguieron con creces, sencillamente mi alma se evaporó dejándome al a vasto de cualquiera que amenazase mi cuerpo  restante. Mis padres llegaron asustados también ante aquellas dos llamadas imprevistas mías. “Yo sólo quiero protegeros”, les dije. Pero llegados aquí el que realmente necesitaba protección era yo. Mi madre se sentó erguida a las inmediaciones de esta misma mesa preparada para lo que viniese. Sería una muerte lenta? Sería un asedio? Serían realmente aquellas bombas? Era ya la media noche, tal vez antes, el silencio más supremo invadía la calle, iba en alpargatas, lo recuerdo bien. Si sólo me quieren a mí sencillamente he de salir y aceptarlo, me dije. Y abrí la puerta, en alpargatas; vas a morir en alpargatas, me dije de nuevo, tras hacer un último recorrido por la que fuera mi casa, vagando, inerte. Justo antes de ir más allá me reprendió mi madre. “dónde vas?”. No supe qué contestar. Volví a dentro y cerré la puerta. Entonces recordé las palabras de la psiquiatra, “algunos se la ponen debajo de la lengua…”, en mención a la pastilla para dormir que mi madre me estaba ofreciendo. Así lo hice pero por un acto reflejo terminé deglutiéndola. Me metí en la cama. Era mi adiós, y tal vez el de todos los demás. Mis padres se sentaron enfrente dándose la espalda el uno al otro. “No os queréis?”, pronuncié con una languidez extrema. Se aspaventaron abrazándose. “No me queréis?”… Claro que te queremos, aseveró mi madre. Y entonces pronuncié, “me arrepiento”. Si es que podía servir de algo. Mi última voluntad fue mearme en la cama haciendo un guiño poético a cuando a Jazzmine le ocurrió lo mismo por accidente antes de que ellos se la llevasen recluida mucho tiempo atrás a también otro psiquiátrico. Mi madre cambió rauda las sábanas rechistando. Entonces se hizo mansamente el sueño y mi cuerpo ardió. Al despertar estaba renovado, fuerte, seguro, aún consciente del peligro aunque ninguno de mis temores se había cumplido. Decidí meter cuatro enseres en el cuerpo de la guitarra y desaparecer de allí. Debían ser las cuatro de la mañana. Al abrir la puerta de nuevo, “dónde vas?”. No supe qué contestar. Volví adentro, cerré la puerta y de nuevo, dormí.

                Al despertar no había habido guerra, de momento, pero mi nombre había alcanzado el firmamento. Empecé a despertarme todos los días bien temprano, y me dije, si esto me ha sucedido sin querer vais a ver lo que puedo hacer queriendo. Así que empecé a seguir todos los periódicos y a entrometerme donde no debía. Una cantante francesa se enamoró de mí, pensé, mi Jazzmine! Pero nada más lejos. Como siempre las teles por el medio. La habían llevado a Madrid a un concurso-academia de esos. Me dije, he de ir a Madrid a rescatarla del maléfico castillo en que la tienen recluida? Ni de coña. Emprenderé un viaje pero será hacia el norte, siempre hacia el norte. Y por otra parte, qué se supone que una cantante con un talento tan evidente necesita aprender en un concurso academia de esos? Lo más probable es que termine birlándomela en los jacuzzis algún Don Juan. Y probablemente así debió acabar siendo porque mi noción a su respecto terminó desapareciendo. Así pues, me levantaba cada día e iba a un bar de matados, el primero en abrir en mi área metropolitana. Mi ruta era siempre la misma. Bar-café con leche-chupito-comprar el periódico-y casa. En el bar se produjeron algunos altercados sin trascender de la mera dialéctica, salvo con un empleado de ambulancia el cual me produjo tremenda sorna e indignación. Yo había estado dentro de esas ambulancias y sabía cómo iba el tema. Pero lo que más me abochornó fue cómo hablaban de la “mercancía”, seres humanos, a primera hora de la mañana. Debí decir algo como… “Eso es, venga, cafetito con leche y a recoger cadáveres”. Hicieron caso omiso pero al marcharse el más pequeñín no pudo evitar el tratar de increparme y se dirigió a mí en plan chulesco, a lo que yo me levanté de un salto y me puse frente a él con cierto reparo. Podía haberlo provocado tan sólo un pelín y se habría abalanzado sobre mí, pero el hecho de hallarnos justo enfrente de los juzgados con sus cámaras vigilantes me hizo contener mi actitud bajo el riesgo de irme detenido en el acto, pues de habernos enfrentado no habría tenido ni para empezar con él. Así que yo abandonaba aquel lugar cada día sin encontrar una mínima camaradería que tan solo me ofrecieron un par de mendigos una vez. El resto era venir aquí y ponerme a hacer el cabra por Internet. Mi Jazzmine seguía viva, así lo presentía yo, hasta que los mamones de Jot Down empezaron a ofrecerme información tergiversada y subrepticia sobre su paradero. Entonces, haciendo mis cábalas, llegué a pensar que había muerto. Sí, en Londres. Donde se disputó aquella final histórica de la copa de Europa entre el Real Madrid y la Juve. Aquel partido en el que la Juventus se dejó vencer cediendo a las presiones internacionales que en aquel momento, como vengo comentado, eran harto altas. La gente que cree en el fútbol es como la gente que cree en Dios. Lloré exactamente dos lágrimas en posición horizontal sobre la cama y boca arriba que se deslizaron desde la comisura de mis ojos por mis sienes hasta el extremo de las orejas al unísono. Ella no habría querido que derramase más, sentí. Aún así mi Jazzmine era inmortal y creí toparme con ella en otro programa de la tele. Aparecí en el comedor donde ésta estaba encendida y ella apareció de frente ante mí. Me miró y agachó la mirada. Fue un subidón. Esta vez era rubia. Ahí es donde empecé a cerciorarme de la magnitud de mi empresa. Yo que tan solo buscaba un poco de fraternidad por las calles, una mano amiga, un repuesto a mi soledad.

                Fue entonces cuando aparecieron aquellos ingleses. Me dieron una retahíla de videos en plan Medusa tratando de menoscabar mi autoestima. Yo dejaba la máquina encendida y simplemente ella funcionaba sola. Fue así como descubrí que Witney Houston estaba viva y tan solo le había dado un relevo a Mariah Carey en un extenso concierto sin público que ambas grabaron. Al parecer, la joven Carey había pasado por un proceso drástico en su vida y el respaldo de un grupo de negratas con su filosofía de gueto fraternal fueron los que la sacaron del atolladero. En un momento del vídeo un tipo escondía una pistola, como diciendo, mira qué peligrosos somos, de manera instintiva, yo eché mano al mechero, mi única arma posible, como con la intención de incendiarlo todo, no sé, una estupidez, pero había empezado a sospechar que los negros eran salvajes, y como tales bestias le tenían miedo al fuego. Una vez me encontré a uno rebuscando en los contenedores, “pero qué haces ahí hombre…?”, le aventé con cierta pena. Era senegalés. Si quieres quedamos mañana a esta hora y te traigo yo algo que te pueda servir de verdad”, le dije. Él desconfió un poco, murmuró algo así como, “es que si te digo que voy a venir y luego no vengo, es mentira”. Así que quedamos en que los dos asistiríamos. A la mañana siguiente, con total cuidado, le preparé en una pitillera alemana de los años cincuenta un poco de tabaco, algunas monedas y un billete de diez euros camuflado, pues no pensaba entregarle semejante tesoro sin saber exactamente de qué palo iba él. Se retrasó  un poco, lo esperé sentado en la acera, y cuando vino, mucho más jovial de a como nos habíamos despedido lo primero que hizo fue chocarme la mano. Yo pensaba que era indigente pero al parecer provenía de una casa. Y al sentarse a mi lado lo llamaron por teléfono. Lo descolgó y estuvo como diez minutos hablando en senegalés con un griterío de voces que se percibían al otro lado de la línea. Aquello iba a ser un auténtico choque de culturas. No hablaba bien el castellano y me preguntó si tal vez en francés… Pero yo no sabía absolutamente nada de francés. Habríamos de comunicarnos al modo primitivo que yo intenté llevar a cabo. Es decir mediante los objetos. Pero yo no quería mostrar todas mis cartas a la primera de cambio. Le dije, mira, esto es una pitillera de principios del siglo veinte, muy antigua. “Pero yo no fumo”, me atajó él. Al parecer tenía demasiada prisa en ver lo que le podía dar. Me dio la sensación de que los interlocutores de aquella llamada que se había producido en mi presencia le habían comido la cabeza. Quizá se tratara sólo de un vigía enviado por aquellos negros para inspeccionar la zona y de ahí el habérmelo hallado descreídamente vagando en los contenedores. El caso es que el proceso comunicativo no llegó a buen puerto, y cuando le dije, “aquí hay tabaco…” mientras abría lentamente la tapa, volvió a atajarme con lo mismo, “pero yo no fumo!”. Pues nada chico, tú no fumas, me dije, vete a tomar por el culo, pensé. Esto no quiere decir que todos los negros sean iguales, quiere decir que los negros en estado salvaje y ante la perspectiva de un mundo mejor, no ya moralmente,  sino materialmente se vuelven orgullosos, cerrados y poco precavidos. Al día siguiente sin saberse muy bien debido a qué, sentado en mi sofá ante la impertinencia instigadora de mis padres empecé a centrifugar mis dedos pulgares con las manos entrelazadas a extrema velocidad. Para el medio día, entre el trozo de piel que va desde el pulgar al dedo índice me había aparecido inexplicablemente un indicio de hematoma. En la misma mano que choqué al negro con desinterés. Cabe decir que yo había empezado a practicar la filosofía oriental del Gung Fu, la canalización de energías y todo ese rollo y tal vez ello fue lo que tuvo que ver más bien. Es decir, me autoherí con un exceso de poder sobre mí mismo.

                Luego aparecieron los gitanos. Bandadas de gitanos procedentes del Santa Félix de Manises. Como borreguitos santificados pero sin dejar de ser fieles a sus vociferios cordiales. Todo parecía muy extraño, sin embargo poco podía impresionarme ya. Desde aquellos tiempos en que me encerrasen por tercera vez alegando megalomanía y no sé qué chorradas más por el 2012. Cuando literalmente las farolas se apagaban y encendían a mi paso; obviamente alguien las accionaba. Cuando perdí a mi Jazzmine por enésima vez. Nunca dije nada, pero lo último que sé es que su espectro virtual apareció hace poco una vez más ante mí por la red. Mi Jazzmine está viva. Lo presentía, lo sé. Pero ya no me quiere. Ahora sólo queda bregar por la vida con todo el peso que estos acontecimientos han dejado en mi conciencia. Ellos siguen ahí, unos dicen que planean escapar de la Tierra, otros que especulan con reducir la población mundial a un sextercio. Pero los peores “ellos” son los del día a día, los usureros, los canallas, los descreídos, los vulgares, los altivos, los codiciosos. En fin, la Biblia habla de todo esto mejor que yo creo. Jazzmine y yo tuvimos un sueño, se llamaba Duna. La pequeña Duna ha muerto. Y no voy a llorar, no voy a llorar por fantasías de críos. Cuando llegue mi momento zarparé dejando atrás toda esta gran bola de mierda que me han intentado hacer tragar y que no obstante, trago cada día un poquito más.

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