Me llaman Peña


Me llaman Peña. El mes pasado cumplí los 45 años y hace seis que dejé el ejército. Soy fuerza de élite, estoy altamente entrenado y soy una eficaz arma para mi país. Creo en mi trabajo, pero más bien me he dejado engullir por él. Esto desvía tu vida, te somete al servicio. Llegué allí siendo muy joven guiado por la efervescencia de eso que llaman honor. Crecí en un barrio humilde viendo cómo la droga apresaba con sus tentáculos tanto a niños como adultos. No creo en la política, pero creo en algo. Algo que subyace al ser humano; mis manos, mi fuerza, tal vez la justicia, tal vez mi corazón. Ahora estoy aquí, tratando de olvidar, tratando de nublar los recuerdos de tanta masacre. Me doy a la poesía, bebo vino, contemplo estas tierras. ¿Por qué? Me pregunto. ¿Por qué Dios quiso hacer de esta belleza natural, donde las aves se alimentan plácidamente entre las encías de los caimanes, donde todo se establece en su justa medida, donde la compensación nutre el equilibrio de un rugir lejano y los hombres hemos encontrado nuestro valle, nuestra casa y asentado nuestras raíces, por qué quiso hacer de ellas un lugar inhóspito para la convivencia entre nosotros mismos? Entiendo poco, y con los años entiendo menos. Yo he matado para sobrevivir, básicamente. Ya digo, no creo en la política. Pero sí creo en los rostros de aquellas personas que he despojado de la tiranía de unos pocos y la crueldad de sus adeptos. Esto que voy a narrar ahora ocurrió hace 22 años. Por cierto, soy colombiano. Me llaman Peña, comando especializado de las fuerzas de élite. Y mis heridas de guerra no pueden dejar de sollozar por aquellos tiempos en los que murió tanta gente.


Éramos exactamente 20. Los de mi brigada. Las fuerzas revolucionarias de Romaña sembraban el caos y el pánico entre las poblaciones agrestes de campesinos. O eso nos dijeron a nosotros. Su objetivo era derrocar al gobierno, liberar al pueblo tal y como se llamaban a sí mismos; libertadores. Pero la verdad es que entre estas poblaciones sólo conseguían reclutar a soldados fidelizándolos mediante discursos enaltecidos. Simples y pobres campesinos, la mayoría demasiado jóvenes, alimentando su espíritu beligerante con sueños de un mundo mejor. Así las fuerzas de Romaña consiguieron hacerse con 200 guerrilleros rasos, poner a la opinión pública de su parte, y desplegar sus otros 600 soldados sobre la capital de Mitu, la cual tomaron con excesiva facilidad. Secuestraron al capitán Guevara en la atroz incursión así como a numerosos policías que ejercían su servicio. El pueblo los recibió con pánico, pero una vez allí, exhibiendo su potencial militar, nadie se atrevió a quejarse. Lo cierto era que los hombres de Romaña recibían su sustento de un contacto indirecto con la mafia de Pablo Escobar. Pretendían liberar al pueblo, sí, pero el caso es que nadie los había llamado y aquello se asemejaba más bien a una ocupación estratégica para seguir su camino guiados por intereses puramente comerciales.

            Recuerdo cuando mis 19 compañeros y yo desplegamos de aquel helicóptero de combate. Las instrucciones eran claras. Adentrarnos en las selvas Vaupes, acabar con Romaña, rescatar al capitán Guevara y restaurar el orden en la capital de Mitu. El viento de las aspas aplanaba la vegetación, la rigidez de nuestros cuerpos era mecánica, salimos uno a uno de aquel helicóptero; -hey Peña, te has traído los pañales?-, sonreí. Sin duda aquello parecía una misión suicida, pero el miedo es eso que agudiza tus sentidos. Así que allá fuimos, a paso veloz, sorteando los escollos de la vegetación. Nuestro transitar empezó en línea pero se fue dispersando a medida que nos adentrábamos en aquella selva. El sonido era impresionante, un ensordecedor zumbido constante que no te dejaba pensar en nada, y de hecho para eso nos habían entrenado, para ejecutar sin cavilación alguna manteniendo la mente fría. De pronto disparos. –Hemos llegado, baby!!!-, gritó eufórico mi compañero Calcedo. Fue el primero en caer, realmente subestimamos a aquellos campesinos armados con escopetas pero un ansia viva de victoria. Me agazapé. Éramos una unidad pero cuando estás dentro de la selva es tu vida lo único que cuenta. Al acertar en uno de nosotros aquellos campesinos parecieron llenarse de júbilo y empezaron a descargar toda una ristra de disparos. Lógicamente no acertaron en ninguno más pues ya nos habíamos puesto a cubierto para tal entonces. Nuestra desventaja aparente era ser un grupo tan reducido ante la ingente cantidad de estos guerrilleros que anidaban la selva, pero con aquel destartalado fuego a discreción delataron sus posiciones y nosotros sólo tuvimos que deslizarnos silenciosamente hasta llegar a cada uno de ellos. Me topé por detrás con uno que estaba echado con su fusil cargado al hombro esperando tener a alguien en el objetivo, me abalancé sobre él con mi puñal y le rajé el cuello. Era un controlador. Abrí así paso a mis compañeros que se filtraron como gotas de agua. Nos tomó un día reducir a aquel grupo y fue el pavor ante el desplome sistemático de sus componentes lo que terminó por diseminarlos al amparo de las inclemencias de la selva. No eran tantos, nuestra mayor sorpresa vendría al llegar a la capital. Allí nos esperaba el verdadero hacinamiento. Mientras tanto los 150 soldados de nuestra brigada móvil avanzaban al tiempo que nosotros despejábamos el camino. Los tigres, las serpientes, los pájaros, las cobayas, eran el menor de los peligros que podíamos encontrar. Pues al llegar a nuestro destino el elenco de fieles armados a Romaña era tal que la carnicería resultó inevitable.

            Muchos tomaron a rehenes para salvaguardar sus vidas. Parte de la población civil murió entre los embates de unos y otros. Aquello se había convertido en un verdadero campo de combate. Se encontraban atrincherados y descargaban su fuego enemigo sobre nosotros a distancia. Me hirieron en el hombro, mis compañeros Hernández y Agudelo cayeron en medio de la tempestad bélica. Yo decidí esperar, parte de nuestro trabajo ya estaba hecho. Era el momento de los soldados. Sólo tendríamos que confiar en que los nuestros menoscabasen las fuerzas de Romaña lo suficiente como para poder acceder a donde tenían preso al capitán Guevara, dar con éste y traerlo de vuelta sano y salvo. Si era posible matar a Romaña, lo mataríamos, sin duda, yo mismo lo habría estrangulado con mis propias manos. Pero el combate dio más de sí de lo que cabía esperar, a la postre, un puñado de cuerpos sin vida anegaban la zona. Rastros de sangre, miembros amputados entre la maleza, y un silencio sepulcral se tornó en el ambiente. Mi brazo no dejaba de sangrar, apenas percibía el dolor pero la languidez de mis fuerzas empezaba a manifestarse. Tenía que ser ahora o nunca. Había perdido por completo el rastro de mis otros compañeros. Estaba solo, en una especie de parapeto natural y mi misión, no obstante, seguía viva en mis entrañas. Me armé de valor, sabía que podía ser alcanzado por cualquier franco a la distancia, pero corrí con todo el peso de mi metralla a la espalda y zigzagueando entre aquel insólito paraje. Alcancé la base, encontré a mi otro compañero Rodríguez que se acercaba por una divisoria casi opuesta. Nos juntamos, -me alegro de verte vivo-, le dije. –Por poco, sabes Peña? Por poco-. Así que habíamos de ejecutar el final de la misión nosotros solos. Del resto no sabíamos ni dónde ni cuándo ni cómo. Empezamos a deslizarnos entre las paredes de aquel edificio blandiendo nuestras ametralladoras. No había nadie, al parecer los nuestros habían hecho una buena labor. Escuchamos entonces los gemidos de alguien al otro lado de una puerta en el tercer piso de aquella fortificación. La puerta estaba sellada. Rodríguez descargó un plumazo de metralla sobre la cerradura y ésta cedió. Al abrirse vimos al capitán Guevara de rodillas con las manos atadas a la espalda y un trapo metido en la boca. Estaba magullado, herido y jadeante. –Qué hijos de puta…- murmuró Rodríguez. –Démonos prisa, saquémoslo de aquí y volvamos-. –A dónde??-. –A la puta selva, es el único lugar donde podemos permanecer a salvo. Alguien tiene que estar siendo partícipe de todo esto. Alguien tiene que quedar!-. Desatamos al capitán y yo lo cargué a horcajadas. Iniciamos la travesía entre aquella explanada arriesgada que apestaba a muerte. Corrimos todo lo que pudimos, en huida. Yo iba por delante, sólo sentía mi corazón bombeando a cañonazos porque del resto de mi cuerpo había perdido la noción. Entonces escuché un único disparo detrás de mí. Me giré aspaventado. Rodríguez había caído. Aligeré entonces mi paso, casi con desesperación. El capitán no decía nada, le habían dado una buena sacudida aquellos bastardos. Por fin llegamos a las inmediaciones selváticas de aquella explanada. Solté al capitán como un despojo, me tiré yo mismo entre la vegetación al mismo uso. Respiré hondo, -por favor, que alguien venga a socorrernos-, exclamé entre sollozos y jadeos. Pasaron tres noches. Al cuarto día escuché los helicópteros de una unidad de rescate acercarse por el suroeste. Habíamos cumplido la misión. El resto fue política.


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