PALOMA BLANCA


               Paloma era una niña, una niña normal rebosante de vida. Sus dos ojos negros se clavaban sobre cualquier cosa que escudriñara como ganzúas tratando de arrancar el misterio de las cosas. Podríamos decir que Paloma tenía ansias vivas de curiosidad, pero más aún del mismo saber. Tenía un hermano al que no hacía mucho caso, pues se había dado cuenta de que los hombres sólo tenían dos cosas en la cabeza: los coches y la pelota. Sin embargo, ella vagaba por el descampado cercano a su casa y se detenía ante saltamontes, sola, y se acercaba hasta casi tenerlos a un palmo de distancia de su nariz, encorvando su cuerpo, y se preguntaba qué verían aquellos animales. Lo mismo con las mantis, las cuales le infundían algo más de respeto, pues éstas se dotaban de una solemnidad y cautela muy distinta a la de aquéllos, con sus brazos acabados en garra y esa posición de púgil. Los bichos-bola eran los únicos que se aventuraba a tocar y le fascinaba ver cómo se recogían en aquel delicado caparazón que rodaba tierra abajo con una livianeza casi insignificante. Luego estaban las plantas, matorrales tal vez, algunos con sus florecillas silvestres ya despertadas y entre los cuales zumbaban algunas abejas a las que ciertamente no tenía ningún miedo. Conocía las labores de la naturaleza y comprendía a la perfección que allí cada uno tenía su lugar y misión. La clase de Naturales era su preferida pero también las matemáticas donde veía en ellas una peculiar relación, en su mecánica, en su forma; aquellos números se comportaban al uso ordenado de aquellos ecosistemas. O al menos eso le parecía a ella. Sin embargo la historia era un rollo, pura especulación, acontecimientos en los que debías creer sin poder ver. Y ella sobretodo tenía ganas de verlo todo, inspeccionarlo y obtener conclusiones. Las cuales la sorprendían a veces echada sobre las hierbas boca arriba y con los brazos en cruz sobre la nuca mientras la danza del cielo se cernía sobre sus infinitas cavilaciones. Una princesa? No, ella quería ser doctora en ciencias tal y como había escuchado hablar a una mujer en la tele. Una mujer que fotografiaba caimanes, ahí es nada; esto le hacía caer en cierto complejo con sus bichitos de bola, sus saltamontes y sus respetuosas mantis.

                Así pues esos eran los sueños de Paloma, el riesgo, la aventura, la expansión. Por desgracia sus padres regentaban un bar muy modesto a las inmediaciones de una zona más o menos turística. Y en cuanto la joven tuvo suficiente edad la pusieron a trabajar retirándola así de sus estudios. Ella odiaba aquel sitio. La vida adulta le resultaba tediosa a la cual había pasado toda su infancia sencillamente ninguneando. El desdén empezó a cubrir sus facciones, la joven Paloma se encontraba con 15 años anclada a la barra de un bar sin ningún proyecto de vida más que el de seguir su legado familiar y la esperanza de su madre de que algún día encontrase un buen chico con el que casarse. Su padre por el contrario se las veía venir y sabía que Paloma, a su edad, jamás había manifestado ningún interés por los chicos. Y Paloma era bella, sin duda, pero algo intransigente y ruda. Se dirigió pues a sus padres y prácticamente les rogó que la dejasen seguir estudiando. Sacaría las mejores notas y lograría conseguir una beca para la universidad. –Es que no puedes ser como tu hermano??-, replicaba su madre. –Míralo, él no se queja, trabaja duro, colabora en sacar a esta familia adelante. Para qué quieres ir tú a la universidad? Allí tan solo te lavan la cabeza, y bastantes pájaros tienes tú ya en ella. Ponte que vas a la universidad, y  luego qué? Es que quieres abandonarnos? Tu padre y yo nos hemos sacrificado mucho por mantener a flote este negocio. Y sólo para vosotros. Tan egoísta te has vuelto?-. –Pero mamá yo tengo que hacer mi vida-. –Escucha a tu madre, Paloma...-. –Que la escuche?? Escuchaos vosotros! Me habéis convertido en una fregona con patas! Hoy en día la gente estudia, progresa. Que vivamos en este lugar en el quinto coño del mundo no me obliga a permanecer aquí por siempre-. –Pero Paloma, es que no te gusta ningún chico?-. –Chicos?? De aquí??... Por favor, mamá-. –Ésta está buscando un príncipe en las Bahamas o algo así-, intervino con sorna su hermano. –Tú cállate, pedazo de gilipollas-. –Paloma!-, ajustició su padre.

                Y así el fulgor de la joven Paloma se fue marchitando. Por la noche desde su ventana contemplaba las estrellas con los ojos humedecidos. Aún así le asestaban ímpetus que se frenaban con su impotencia. “Abandonar a mis padres?”, pensaba dentro de esa melancolía resignada que le invadía. “Acaso no me han abandonado ellos ya aquí?”. Paloma no se lo pensó dos veces, no era una mujer calculadora en absoluto, simplemente siguió el impulso de su corazón. Hizo una maleta, salió sigilosamente de su casa y se puso a esperar en una parada el autobús de la media noche. Cuando lo tomó hizo un alto a mitad de su escalera para girarse y contemplar por última vez su hogar, su vida, su claustro. Tenía miedo ante la incertidumbre, pero más miedo tenía ante la certidumbre de pasar de aquel modo el resto de su vida. Así que terminó de subir los peldaños y se encasquetó en uno de aquellos reducidos asientos con el único destino de la ciudad. Al llegar allí era ya la madrugada amaneciente, encontró un hostal y se metió en él abonando el precio de la habitación con parte del dinero que había robado de la caja de sus padres. Estalló en lágrimas y no pudo dormir enfrascada en pensamientos hasta que el agotamiento pudo con ella. “Blanca, paloma blanca, eres libre, bate tus alas…”, fue una cancioncilla que había escuchado de pequeña con la que el sueño terminó de arrebujarla mientras la repetía mentalmente.

                A la mañana siguiente sus padres alertados avisaron a la policía. Se inició así una búsqueda larga que jamás dio sus frutos. La joven Paloma había desaparecido del mundo a efectos oficiales. Nadie supo más de ella. Sus últimas noticias llegaron años después cuando el cartero entregó un sobre en el bar de sus padres con una carta que decía lo siguiente:

“Papá, mamá, tete. Estoy bien, si no os he escrito antes ha sido porque me ha costado mucho hacer este recorrido y mis esperanzas han ido variando a lo largo del mismo. Quería demostraros que para mí había una vida más allá del friegaplatos y la cocina. Y sobretodo quería demostrármelo a mí misma. Imagino cuánto os he podido hacer padecer desde que me marché dejando tan solo una nota de despedida. En este caso mío concreto creo que el fin ha justificado los medios. Ahora mismo os escribo estas líneas desde el Congo. Os lo podéis creer? Tras dejar el que fuera nuestro hogar no he podido dejar de pensar ni un solo segundo en vosotros. Sé que me queréis, sé que os quiero, pero mis principios me dicen que cada uno debe vivir su vida y por qué no, alcanzar sus sueños. Cambié mi identidad al llegar a la ciudad, ahora estoy doctorada en biología, y sí, mamá, he conocido a un hombre con el comparto mi pasión. Por el momento hemos decidido no tener hijos, no es que este sea el mejor ambiente para tal cosa. Sólo quiero deciros que me gustaría regresar para estas navidades y de paso que conozcáis a Sheldon, es inglés como podéis adivinar. Espero que mi hermano ya se haya convertido en todo un hombre de bien, como nos solíais decir, confío por completo en ello, y sé que esta carta puede resultar difícil de digerir después de tantos años. Sólo os pido que no me guardéis rencor. En estos momentos soy feliz. Un beso muy grande para los tres, si no es que la familia ha aumentado desde que me fui”.

Paloma.

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