El vuelo de la chica tortuga (Fábula)

La pequeña Adelita tenía los labios morados. Cada noche se despertaba ansiosa. Tras mirar las estrellas, cada noche, en la inmensidad de un monte pleno. Y repetía, una y otra vez: -Estrellas! Cuántas estrellas!.

Adelita pronto aprendió el lenguaje de los sapos, las mariquitas, el ciervo, al que respetaba en exceso, pues su tío era un excelso cazador y, aunque no temerosa, recelaba de este hecho.

Adelita era preciosa, inmensa, diminuta. Y caminaba, sin cesar, y vestía sus faldas descocadas, y levantaba su falda cuando la emoción la embargaba enseñando hasta casi sus bragas. Adelita era puro fervor, pura energía reconcentrada. Pero tenía un problema: Según ella caminaba demasiado despacio. Su patinete lo atestiguaba. Le tenía "miedo" a la velocidad. Y era raro, pues se había criado en una familia de arriesgados de las curvas y el descenso. Trasquilados todos ellos por este motivo, y quizás por ello, Adelita temía la suerte de esa inercia impetuosa. Así, sólo tanteaba su patinete, "para pequeños", como ella misma decía, con FRENOS. Los cuales no existían, pero este patinete "para pequeños" te daba la oportunidad de echar el pie al suelo en los momentos de mayor riesgo celérico y eso la consolaba.

Adelita creció. Y un día, enamorada, buscó al hombre de sus sueños. Probó con el motero, y le dijo, y qué harás por las noches?. El motero respondió, RUUUMMM!!! RUMMMM!. Oh no, entonces derraparás rápido y nos la toñaremos. Entonces llegó el albañil. Y lo mismo, Adelita preguntole, y qué harás por las noches?? TOK TOK TOK!!! Oh no, entonces se nos caerá la casa encima y yo tendré que barrer todos los escombros. Y así, así así pasaron los años. Adelita no encontraba a su príncipe tortuga. Hasta que un día, un viajero, un barbudo, un bello aventurero apareció ante ella en un cruce de caminos por la que era su trayectoria diurna habitual. Se miraron, un instante. El viajero aventurero volvió la vista al instante, Adelita se quedó muda pero prosiguió su camino. Entonces, el viajero aventurero sin poder casi evitarlo plegó: Hey! Quién eres!?. Adelita se semigiró, y detuvo sus pasos lentos. -Soy Adelita. Por? Quién eres tú?. El viajero barbudo y aventurero contestó: -Yo, bueno... Soy lo que aquí llaman un extranjero... -Un extranjero?- exclamó Adelita mientras estallaba entre risas. -Sí bueno, digamos que soy hombre de las montañas. -De las montañas eh... Y de qué montañas si se puede saber?. -De las montañas de todo el mundo-. -Ah, un trampero! He visto películas sobre ese tipo de gente. Dicen que viven sin ataduras... -Bueno, las ataduras del cielo, los árboles y las estrellas... -Las estrellas?-. -Sí. Hay millones y cada una significa una cosa... -Lo sé, se agrupan en constelaciones. -Sí bueno, pero me refiero a su sentido orientativo...-. -Lo sé. La osa polar indica siempre el Norte. La osa mayor y la osa menor sirven de referencia a los navíos en alta mar para no perder su rumbo. Luego están las ganímedes, las...-. -Efectivamente, cómo sabes tanto de eso?-. -De eso? Es cultura. Los tramperos no sabéis lo que es la cultura?-. -Eh, bueno. No estoy seguro-. Adelita volvió a reír, esta vez con mayor estruendo y satisfacción. El trampero se quedó medio enmudecido y sólo logró aventurar lo siguiente... -Te apetece tomar un café?-. -No tomo café, tomo té-. -Pues un té?-. -Bueno, no iba a ningún sitio determinado, y me haces gracia. Dónde piensas convidarme? Porque imagino que pagas tú-. -Eh... Claro, yo he hecho la propuesta-. -Pues acompáñame, aquí en la esquina hay un bar donde sirven un buen café y un mejor té-...

Trampero y Adelita se sentaron en aquella terraza, el día era claro, la noche había sido calma, en la ciudad no había por la noche "tantas estrellas" como en el monte en el que Adelita se crió de niña. Pero empezaron a hablar, y en uno de aquellos incisos, Adelita preguntó al trampero:

-Qué haces por las noches?

El trampero, sin misterio alguno, simplemente respondió. -Pues dormir, qué voy a hacer...-

Adelita pensó entonces... "Pues contigo me he de casar...". Pero no dijo nada. Era tan solo la coletilla de un cuento que su abuela le contaba cuando era niña.

Así pasó el tiempo. Trampero y Adelita se despidieron aquella vez. Y sin saberse muy bien debido a qué, Adelita empezó a aligerar su paso cada día un poquito más.

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