Sepulcro número trece. III (El encierro)

Desde el momento en que entras allí, ya eres otro. Y un ATS me frotó mi hombro derecho instantes antes de darme a aquel lugar. Y es que mucha derecha iba a necesitar para tolerar aquello. Y otro ATS comentó con su compañera en los dominios del primer hospital (La Fe), -en fin, que se mueran los feos-, y es que el psiquiatra que consintió todo aquello, aquel nen, sí, era realmente feo.

Como digo, aquel lugar, en aquella apartada orilla de los confines de la razón, se torna sombrío al instante. Lo primero son sus arañazos, sus magulladuras, máculas y contusiones. Indican perfectamente la opresión que allí se respira. Si es que este último término es aplicable para un sitio así. Respirar. Yo fui introducido sobre las 7 de la mañana. En una cama. Por fin liberado de anclajes. Y lo primero que vi fueron locos en penumbra. Locos, de esos, que si te detienes un instante a escuchar, son más sinceros y fidedignos a lo que te espera que el resto de comensales.

Habían pues allí tres elementos en concreto que recuerdo perfectamente: Islam, Alex y un tercero visiblemente sedado que simplemente se paseaba por allí a esas horas de la mañana en la que las luces eléctricas todavía no han sido prendidas. Comentó este último al verme:

-Eso es, tú mejor pasa de todo esto y no establezcas contacto con la gente de aquí hasta pasado un día.

Entonces le dije:

-Ah sí?? Cómo te llamas!

Respondiome él:

-Yo Juan, yo Juan...

mientras se alejaba pasillo adentro con su caminar extremadamente manso, cuello corvado y mirada transversal. Su boca llena de resquicios babosos resecados. Sus manos ausentes. Su espíritu muerto. O al menos, casi.

Yo aquella noche iba a dormir en la misma habitación que Islam, un árabe obviamente, pero ése no era su verdadero nombre. Era más bien su escudo. El cañamazo con el que protegería su dignidad mientras cohabitase allí. Y así mismo se presentó ante mí. Islam tenía recursos, llevaba allí cuatro días justos la última vez que lo atisbé. Fue entonces cuando llevó a colación su huida y escape. Y la coronó. De un modo no tan afortunado para el compañero que la emprendió con él y que ese mismo Martes fue devuelto a las inmediaciones represoras de aquel tugurio decadente. Alex pues fue cazado, repescado, Islam no. Recuerdo su caminar, el de éste. Era ligero, con flow. Y sus espléndidas deportivas auguraban a todo un dandy de la mesura y el conocimiento. En ellas iba a estar su mayor carta a jugar. Yo opté por descalzarme. Al completo. Y la intervención típica del personal sanitario allí existente, la primera que hube de espolear: -Pero si vas descalzo, muchacho!-. -Sí, es mejor así-. Respondí con la severidad que me permitieron aquellas circunstancias. Islam parecía estar entrenando. Y circundaba todo el pasillo con esos pasos danzantes tan característicos de lo que la personalidad es a un hombre. Entonces me miró, en una perspectiva frontal que pudimos compartir a mediana distancia. Yo ya había desistido de mis primerizas andaduras y me eché al suelo con la espalda corva apoyada en la pared y las piernas flexionadas formando un ángulo de noventa grados paralelo a mi tronco entre la derecha en alza y la izquierda prácticamente reposada sobre el suelo. Mis manos sencillamente servían de sustento a aquel equilibrio compostural adheriéndose al suelo a través de unos brazos que se pegaban a mi cuerpo y me otorgaban una impresión de desvalía visible en cómo se levantaban mis hombros dejando mi cabeza semi-hundida entre ellos y el cuello retraído. Entonces sonrió muy levemente. Y me guiñó un ojo. El izquierdo. Ahí supe que ese hombre sí que era de los de verdad.

Al parecer las peleas entre internos eran un signo habitual de aquel recinto. Pero, misteriosamente, desde el momento en que puse yo pie allí se desvanecieron. No hablaré de liderazgos, pues es muy absurdo pensar en términos de esa índole en circunstancias como aquellas. Alex mismamente venía de protagonizar algunas escenas digamos escabrosas de violencia estúpida con tan sólo sus 18 primaveras de edad. Y fue entonces cuando le dije, al ya tercer día, cuando Islam había ya desaparecido y él había sido entregado de nuevo debido a la torpeza que no protagonizó en aquella fuga el primero:

-Tú estás fuerte, no?
-Eh, bueno. Me mantengo...
-Qué edad tienes?
-18. Por?
-Eres muy joven.
-Y tú?
-Yo treinta y cinco.

Portaba unas gafas de culo de vaso. Era apuesto con una melenita recogida pero aquellas gafas denotaban una falta de atención y cautela singulares. Entonces andaban en el corrillo pavoneándose con la humildad falsa que otorga el temor, de eso mismo, la fuerza, y apareció el tema de los pulsos.

-Échate uno conmigo, te atreves?
-Eh, bueno, pero me vas a ganar...

Era extraña esta confesión pues ya digo, tan sólo un par de días antes había protagonizado una escena donde seis seguridades habían sido necesarios para reducirlo en un despliegue de ira del que él mismo se jactaba.

-Bueno, probemos-. Sentencié.

Entonces nos dimos las manos. Colocamos nuestros codos en la debida posición triangular y empezó aquello.

El chico sin duda tenía fuerza, lo que no me supuso impedimento alguno ni dificultad para reducirlo con brevedad. Aún así yo llevaba mucho tiempo oxidado y me levanté tras rematar su muñeca contra la superficie de la mesa entre alaridos algo sobreactuados. Sobretodo quería aprovechar aquella tensión para llenarme de vitalidad. Y el lugar, cercenado, agrio, contribuyó a mi reacción espasmódica.

Alex no percibió nada. Simplemente era un chaval que creía estar en el patio de clase tratando de encontrar su gregarismo particular. Pero ojo, ese tipo de gregarismos de los matoncillos, donde el grupo parece otorgar un distintivo de liderazgo a cada uno de sus componentes. Aquello de la unión hace la fuerza llevado a su más ridícula expresión.

Alex fue entonces cuando empezó a levantar su atuendo superior. A mostar todas sus "marcas". Y la verdad, nadie sabe cómo se hizo todo aquello, pero el patetismo que denotaban era excelso. Un crucifijo negro sobre el costillar izquierdo. El nombre de su hermana en el mismo. Más beaterías por el cuello. En fin, un pobre pipiolo condenado desde su más tierna infancia. Alex terminó siendo trasladado de allí a Barcelona a un lugar para jóvenes desorientados. Un internado vaya. Y a Alex le va a costar mucho salir de toda esa mierda, si consigue abrir los ojos, que lo dudo porque está ciego y para ello necesitará más intervención médica, entonces se topará de bruces contra la realidad. Y empezará a soñar que folla con su hermana, y entonces notará el click. Si consigue dilucidar sus sueños, cosa que también me extraña, quizá adquiera cierta memoria y ello pueda salvarle. Pero lo cierto es que Alex se casará joven, con su costilla derecha. Algún día explotará y sólo cabe esperar que cuando lo haga sólo sea su tristeza la que inunde sus aledaños. Bienaventurados los mansos, no? Jajajaja.



(Continuará)




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