Sepulcro número trece.

Ha pasado todo muy deprisa. Ha sido un vendaval. He estado allí. Lejos, bien lejos. Los he escuchado, morir. Hemos tenido tiempo, por un tubo. Un tubo grisáceo. Que redondea el cráneo. De cada ser.

No podría afirmar con exactitud cuándo se dio aquello. Tampoco su coyuntura específica. Pero algo sí puedo decir al respecto. Hemos tenido, sobretodo, tiempo.

Un tiempo detenido. Un tiempo lóbrego. Mudo. Llano. Aséptico. Y todo empezó de la siguiente manera:




-Me entiendes?? no pienso repetírtelo otra vez. Si vuelves a comportarte así, con esa actitud, no habrá más palabras, no habrá más advertencias -aquí el locutor empieza a acelerarse y el interlocutor ya tiene preparada su respuesta, y es, en parte, por lo que sugiere un alto en la diatriba que está a punto de desaforarse con, a su juicio, excesiva virulencia.
-Sí pero, me permites que diga...?
-No, déjame hablar a mí. Te lo repito, si vuelves a ser de ese modo, si vuelves a reincidir en lo mismo, no voy a tener problemas en sacarte de aquí. Y aunque tenga que recurrir para ello a la misma Moncloa, vendrán, y te sacarán de aquí y no me temblará el pulso a la hora de hacerlo, entiendes? Porque aquí, en esta casa -el discurso está llegando a su clímax-, mando yo. Te queda claro? Aquí yo soy el AMO.

Al chico esto le produce un poco de sorna. Conflictos arrendatarios. En fin, lo de siempre. Y conforme su padre culmina su última y enfervorecida frase responde de un modo completamente juglaresco:

-Aquí tú no mandas una mierda.

El padre hace un gesto como de comprensión inmediata, ó, más bien, reafirmación ante sus propósitos. Algo así como... "tú lo has querido...".

Al chico realmente es que se la suda. Es que de hecho, se la sigue sudando. Así que se echa a dormir con una pequeña mosca rondándole la sesera que logra disipar con un ligero y simple bostezo.

Sus padres han huido. La casa ha quedado por fin sola. Y todo lo que viene es protocolo, y más protocolo. Justo antes de despedirlos con obvia brusquedad en la puerta de entrada vio de nuevo, El gesto. La mano. El teléfono. La manía. Y directo al MANICOMIO.


Así han sido las cosas

Así se las hemos contado.

Y aquí finaliza nuestro particular prefacio.


(Navuk)




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