Relato de mi Primera Comunión

Yo era un niño de 7 u 8 años. Entraba por primera vez a la escuela pública. Entonces me pusieron delante la cuestión, la primera de ellas, la primera que recuerdo meditar si no bien, sí ligeramente, y desde luego, quedó grabada en mi mente para los restos: -Ahora, en esta nueva escuela debes elegir; Ética o Religión?.
Como digo, era la primera cuestión oficiosa a la que me enfrentaba en mi vida. Y no tuve pretensión alguna de conocer los conceptos por vías alternativas, pues a mí había sido dirigida exclusivamente la cuestión y en mí residía el hecho de destramarla.
Así me quedé un poco pensativo, luego casi como absorto, tratando de dilucidar qué era aquello: Ética o Religión.
Presto, a la siguiente instigación cuestionante y ante la inminente entrada en aquel centro y premura en el hecho de decidir, simplemente, me gustó más la primera, sí, simplemente me debí guiar por su sonoridad, su posición textual en dicha pregunta, ya que era el primer concepto que se me anteponía, y por qué no decirlo, mejor empezar por el principio.
Y en el Principio... Tomé ese camino. Pronto me di cuenta de todo; era una farsa. Todo lo era, ética y religión no eran sino unos conductos mediante los cuales fraccionar al alumnado para básicamente distraer sus ocupaciones escolares de cualquier modo. Pero, con el tiempo, esa cuestión fue calando en mí, pues ya digo, al ser una escuela pública, fue, ante todo, la primera de las cuestiones que se formuló hacia mí en dicho terreno. Y eso, significaba algo, debía significarlo.
Pues bien, entonces llegó el día de La Primera Comunión de todos mis compañeros, a nuestros 12 años, más o menos. Yo los veía, ir al catecismo, disfrutar, desde lejos, desde afuera, y parecían dichosos, afaenados, ilusionados. Luego resulta que es que en la Primera Comunión, al parecer, te colmaban de regalos, pero yo los había visto, aquellos regalos, y aquellas estampas de todos mis primos pretéritos y recientes, y la verdad, tampoco eran para tanto. Así que mis padres, ante mi constante incertidumbre, un día me dijeron: -No importa que hayas hecho ética, si quieres puedes tomar la comunión, quieres? Y aquí más dudas. Ahora resultaba que podía tomar la comunión habiendo rehusado desde un principio sus preceptos. Era todo tan extraño... Y ante la misma puerta de la casa del cura, aquella noche, lo recuerdo muy bien, me llevaron mis padres, para de nuevo, decidir, y con la premura habitual que mi incertidumbre constante demandaba hasta justos los últimos instantes de resolver mi particular conflicto, me dijeron: Bueno, ya estamos aquí. Quieres sí o no?
A mí la duda me invadió de pleno, pero resolví: No.
El caso es que pasados 15 años falleció mi abuelo, con el que yo había compartido sus últimos dos años de vida en su misma casa. Y entonces allí sí hubo un entierro católico como manda la tradición. Entré a la Iglesia. Lo contemplé todo. Minuciosamente. Y algo, me embargó. No puedo concretar. Era mi duelo, aquella majestuosidad, aquel eco, aquellas campanas, aquella liturgia. Fue un Domingo. Las ancianitas beatillas que acudían irremisiblemente a aquel evento fue entonces cuando se pusieron en fila ante el cura de turno para ser consagradas. Y yo ya tenía más o menos claro en qué consistía todo aquello; acaso no era la comunión el significado semántico de la misma palabra? La comunión, tomar el cuerpo de Cristo, comulgar, hacer el bien, al menos durante ese ratito, simularlo, qué se yo. Y con todo mi énfasis me coloqué el último de todas aquellas ancianas. “El cuerpo de Cristo”, iba diciendo el cura a medida que cada una de ellas se le acercaba en su turno de aquella cola mientras depositaba las obleas entre sus labios y sobre sus lenguas. Era sencillo al parecer. Entonces llegó mi turno. El cura claro, no se esperaba aquella silueta en directo contraste al resto de mujercillas semi-doblegadas, y se aspaventó al verme posicionado ante él y con mi boca abierta esperando el cuerpo de Cristo de sus manos. Algo debió ver, pues no dijo nada, tan sólo exclamó: AMÉN!

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