Sepulcro número 13. III (El encierro continuación)


Alex se ha ido, Islam tampoco está, mi primer interlocutor también se ha esfumado. Aún no he logrado cagar. Tras dormir un par de noches solo me comunicarán un cambio de habitación. Han cambiado el pomo de la puerta metálica de entrada tras los incidentes y en una de sus abolladuras se observa pintada con rotulador rojo una señal. Conoceré a Rosario. “Virginia” como yo la empezaré a llamar en su honor y por la distinguida Virgina Wolf. Rosario va a ser la clave de gran parte del entarimado que se presenta allí. Pero antes he topado con Ana María, la señora Cansada, como ella misma prefiere que la llamen a tenor de su precipitado ingreso. Ana María ve cosas. Cosas de las que más vale la pena no desestimar. Ha trabajado 17 años en México como psicoterapeuta, es lesbiana, y ahora se encuentra totalmente retirada. Sin subsidio alguno. Desahuciada, compungida, privada, muy delgada, casi seca, y con una melena portentosa que hace estragos allá por donde la pasea.

-Qué te pasa?
-Es que al final siempre pierdo.
-A qué te refieres?
-Mira los puntos de sombras.
Trato de mirar en su dirección, hacia donde ella me indica, y sobretodo trato de comprender su “visión”.
-Los ves?
-No. Pero puedo entenderte.
-Mira la televisión. En mi casa estoy rodeada de electricidad y los amarillos pueden con los negros. Por ejemplo ahí es amarillo-, prosigue mientras la escucho atentamente, -pero no sé qué pasa que cuando pongo la televisión los negros siempre vencen y es cuando vuelvo aquí.
Su discurso es mucho más enigmático de lo que yo puedo reflejar aquí. No obstante logro saber que vive en un buen apartamento con una terraza rodeada de plantas. Y le confirmo, sí, tienes razón, aquí es todo amarillo.
-Y tú qué haces aquí- me pregunta ella con total seriedad.
-Pues mira…
-Tú no estás enfermo.
Aquí es donde me abruma por completo. Sólo puedo contestar con una boba sonrisa que ataja de inmediato.
-Dame un lápiz y un papel. Escribe ahora mismo veinte cualidades que poseas.

Así que así lo hago. Llegando a recordar tan sólo la última, “humildad”.

La historia de Rosario es bien distinta. Ella ha dado conmigo, y me lo ha contado todo. A su modo misterioso e inquietante pero lo sé todo sobre su tragedia:
Un psiquiatra la jodió con ella. Eso para empezar. Ha llevado una educación severa pero los problemas que aquejan al ser humano no están en su educación, sino en su desenvoltura. Aquel psiquiatra le dijo textualmente: Yo te haré mujer. Un tal Raga. Al parecer una eminencia dentro del circuito de eminencias y que por motivos de soslayo se encuentra ahora en New York cuando su paciente principal está en una de sus fases más agudas. Aquella voz, aquel otro gesto que ella recuerda y me cuenta a la perfección, aquellas fulanas llamadas médicas que se granjea y al parecer le han costado algún tipo de discrepancias en su seno conyugal; han llevado a su paciente a un delirio extremo. Un platonismo hacia la figura del médico de la que es incapaz de desligarse. Y… Durante catorce años. Ahí es nada. Catorce años de visitas ininterrumpidas salvo por lapsos breves de tiempo a aquel centro para, vamos a hablar claro, subnormales.

Aquí la debacle viene cuando te das cuenta de que el “enfermo” y esclavizado no es el propio enfermo esclavo. Sino más bien, el mismo doctor que lo atiende y pretende, si no ya curar, sí sobrellevar. Así que se acerca mi primera conferencia con el mío. Y se da de la siguiente manera. Perdón, la segunda:

-Hola.
-Hola…
-Cómo estás.
-Pues bien.
-Bien…
-Sí.
-Y qué tal estos primeros días?
-Ya digo que bien. Un momento. Tu nombre era Fernando, no?
-No, yo soy Pablo.
-Si ayer me dijiste Fernando.
-No entiendo por qué iba a decirte eso si mi nombre es Pablo.
-Vaya, vaya… Así que eres un cínico eh…
-Mira, no estamos aquí para tratar este asunto.
-Entiendo…
-Bien, por qué crees que estás aquí?
-Pues cuando una persona tiene un accidente, compensado con un historial muy abultado se termina aquí.
-Eso lo pongo en duda.
-Lo pones en duda?
-Sí.
-Así que tú crees que una persona con un largo historial a cuestas y a raíz de un accidente no puede terminar aquí.
-Sí.
-Estás seguro?
-Sí!
-Voy a repetírtelo por si no estás seguro, según tú una persona con un largo historial y por un accidente no puede terminar aquí.
-Sí!
-Pues apuesta que ganarás.
-Cómo?
-Que apuestes que ganarás.

Ahí sonríe algo consternado interrumpiendo la tensión que se ha puesto de manifiesto y a la que ciertamente él ha reaccionado. Y con poco más finaliza nuestra primera charla. He conseguido su permiso para salir a fumar de manera autónoma e individual dentro de los horarios que establece la planta. Estas salidas son sin duda necesarias, no ya para tan solo fumar, sino para no perder el compás del tiempo, de la vida, el movimiento de las moscas, en fin, qué se yo.

Rosario me aborda de nuevo, esta vez se ha cubierto de valor. Y me pregunta por el destino. El Destino. Al parecer es un concepto nuevo para ella que la puebla de intriga. Quiere saber. Y yo sólo puedo responderle que sí, creo en él. Pero algo la ha incentivado sobremanera. Sus confesiones, su confidencialidad conmigo, la han puesto en órbita y su discurso, aunque tal vez ya se haya producido anteriormente con dicha vehemencia, ha adoptado nuevas formas. Se califica a sí misma como monstruo (Virginia Wolf) y quiere hacer pagar caro a todo el personal que allí habita el salvajismo con el que la han tratado. Al parecer hasta algunos auxiliares están en el ajo. Y ese ajo es real. Cuando Rosario chilla por patadas recibidas en el estómago de algún supuesto antaño, lo hace desde las entrañas. Y su voz, aunque ligeramente tenue está cargada de veracidad. Cabe decir, que allí reina el machismo en su máxima expresión. Pues cuestiones de privilegios que sí se toleran y permiten en hombres jamás se admiten y se deniegan rotundamente en mujeres. La circunstancialidad de la coyuntura, alegarán algunos sirvientes. Pero la verdad es irrefutable. Supongo que el rollo es el de siempre, a una mujer loca sólo hay que dejarla con su locura hasta que se sacie, sin embargo un hombre puede ser peligroso y destrozar el inmueble. En fin. El caso es que aparece por allí un héroe. Del lado de los mentales, cómo no. Su nombre es Alex en un principio, porque rehúsa emplear su verdadero nombre. Sefirot para los amigos. Y Sefirot aparece atado en la primera habitación a una cama que lo contiene. Tendré el detalle de saludarle y comprobar que aún se encuentra demasiado obnubilado como para desplegar toda su maestría y pundonor. Pues cuando recupera la movilidad, ante las acusaciones deliberadas, y reales, de Rosario hacia su sádico malhechor, Sefirot, como el mismo viento que lleva su nombre, se lanza con extremada agilidad al cuello del tipo y lo reduce en cuestión de décimas de segundo. Yo advierto el alboroto desde una habitación inmediata ya que aún no he sido trasladado y acudo raudo a la escena para interponerme entre ambos y lograr separar sus cuerpos con la intención única y exclusiva de que reine la paz y cese la violencia. Pero a esto, el malhechor responde dándole a Sefirot el mismo caldo de su medicina e invierte el papel siendo esta vez el primero el que agarra con extremada violencia el cuello de Sefirot. Yo lo acepto. Así son las cosas. Y sólo murmuro, “pero no le hagas daño tú tampoco, hombre…”. Total que Sefirot vuelve a 
ser atado a la misma cama de la primera habitación.

Sefirot y yo nos haremos grandes amigos. De esos que lamentas de por vida, o tal vez no, haber perdido el número de teléfono que él mismo te dio. E incluso lamentas, o tal vez no, haber extraviado también un regalo magnifico de un escudo protector en lila que dibujó expresamente en una servilleta para mí: “Para tu diosa”, concluyó él.

Sefirot es una de las personas con mayor sensibilidad que he conocido. Con un respeto cumbre hacia la mujer.  Cercano a la religión del judaísmo donde es esta figura la que prevalece por encima de todas las posibles divinidades. Lleva un tatuaje en el interior del antebrazo derecho. Es un amago de estrella de David salvo que en su sexta punta inferior muta hacia unas enredaderas simétricas hasta casi la altura de la muñeca que muy bien pueden pasar por algún tipo de máscara africana. Sefirot es fuerte y esculpido. Llegamos a protagonizar en nuestras charlas exteriores hasta una especie de carrera circunvalando las inmediaciones del hospital. Yo arranco, y él se pega a mí, me sigue perfectamente la estela. Al finalizar le digo, -ahora mismo estás en posición de gregario y tienes que aprender a ser tú el líder-. Él lo medita todo, está en esa fase. No cree en nada ni nadie que pueda resultar evidente. Me enciende cigarros con una diligencia casi servil. Y su mayor problema fuera de allí es que ha discutido con su madre. -Mira ahí!-, le digo con un gesto indicativo desde mi posición tumbada en un césped. Entonces voltea la mirada con gran agitación creyéndose que yo le indico mucho más allá. Y me refiero tan sólo a un pajarillo que está ante sus narices en medio de unos arbustos. Es cuando entonces le explico que tiene la mirada demasiado perdida en el firmamento. Que la verdad puede estar también al alcance de la mano de uno.

Sefirot. El chico de los vientos. El adorador de las diosas. El de una fe vital basada en la consecución de los sueños, sin límites ni trabas ante lo excéntrico. –Supermán-, le dije yo, -me gustaba a mí-. –Pues puedes conseguirlo-. Y la verdad es que no menos es lo que me merezco.


Entonces me cambiaron de habitación. Empecé a cagar con mayor regularidad pero eran bolitas de cordero domesticado. El panorama no podía ser más desalentador. En esta nueva estaba otro Alex, éste sí verdadero. No he llegado a comprender del todo a éste Alex, que era un buen chaval estoy seguro, portador del mismo demonio también, con cualidades de inteligencia también. Quizá su fallo estaba en la empatía. Charlamos algunas noches antes de acostarnos, no parecía mostrar el mínimo interés por su interlocutor y dormía como una morsa. Y lo último que hizo tras volver al recinto de manera reincidente, pues ya lo había abandonado unos días antes, fue escaparse con otro también bastante jodido. Y la verdad es que me imagino la escena a la perfección. –Eh tío, yo paso de meterme ahora ahí. Y si nos vamos a tomar unas cervezas o lo que sea?-. A lo que el otro simplemente debió asentir. El otro parecía más noble. Atravesado por una irracionalidad impotente. Por unas circunstancias desalentadoras y desde luego sufridas. Pero Alex parecía de campo y playa. Me contó que una vez arrancó el mismo lavabo de uno de los servicios. Ferocidad mayor a la de un oso. En este caso, un osito. Porque Alex es menudo. Rechoncho. Y sobre todo hay algo que lo desvía continuamente y eso es el hedonismo. Le digo yo, -tú si quieres seguir fumando porros puedes hacerlo, pero para eso necesitas un hábitat adecuado para llevar a buen puerto tus propósitos. En medio de la descomunal ciudad donde vives, en ese piso que rasca los cielos, te va a ser imposible primero encontrar el amor que es lo que más deseas y segundo vivir en arreglo a tus principios-.  Él afirmaba que sí, y se dejaba llevar por mis palabras con cierto gozo pero no ha actuado bien. Y he conocido a su padre. En una de aquellas tardes. Un hombre férreo. Al que Álex no parece haber escuchado atentamente nunca.

Los días allí han pasado, finalizado, claudicado. Lo último que me ha preguntado mi doctor es:
“- Sigues pensando lo mismo sobre aquello del accidente y el historial”.

“-No-“. He contestado yo por pura deferencia. Supongo que tal vez habría que matizar. Pero quién sabe. El juego sigue. La rueda continúa girando. Para mí esto es agua pasada. Nunca se sabe dónde acabarás ni lo que está por llegar. Sé que ellos me quieren, que me adoran. Que este riesgo va a vivir conmigo de por vida. Así que estaré alerta. Porque de una cosa sí que estoy seguro: “El esclavo no soy yo, sos vos”.

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