GALERÍA DE COBARDES


 “La paz es siempre horrible, hablando, andando, sonriendo, pareciendo ser”. Charles Bukowski



Llegaba yo como de costumbre a la periferia de mi barrio. Distintos altercados de los que no era partícipe en ella atrás. Allí me esperaba Maussil, un cobarde.

· La familia bien?
· Sí...
· Yo mal. Anoche no dormir. Todo día en hospital. Estómago, mierda...
· Te duele el estómago?
· Aquí... Ahh
· Sigues viviendo en Manises?
· Yo ahora calle. Ahh... Antes bien, ahora mal. Así...

Una niña embarazada. Otra enfadada mirando de reojo su móvil. Entonces una a la que no logro verle el rostro. Más alta. Pasan... Maussil y yo nos hallamos en el peldaño de un bar que hace cantonera. Para variar, no tiene dinero, y para variar, va bien vestido y no le falta su cerveza y su cigarro. Industrial. El silencio se convierte en mi compañero de estancia. Pero Maussil no parece soportarlo. Al menos, no a mi lado. Distraídamente me llevo la mano a mi bolsillo izquierdo. Tengo ahí algo de calderilla que no pensaba amortizar, pero como al fin y al cabo se trata de una compañía, decido invertir un par de euros en convidarle a una cerveza. Será algo así como mi última oportunidad hacia su persona. Y rechaza la invitación de primeras. ‘Luego’, dice. ‘Luego cuándo?’, le digo. Entonces murmura, ‘aquí en este bar?’. Yo, ‘sí’. Así que al ver que acepta me levanto para dirigirme a una silla de su terraza. Y me siento. Maussil no aparece. De pronto lo he perdido del campo de visión pensando que venía detrás de mí. Entonces pienso, es su modus operandi. El clásico de un verdadero cobarde. Si no viene yo no pienso levantarme a pedir. Me quedo aquí, me fumo este cigarro y me voy. Pero aparece. Se trata de un bar de chinos. Donde recibí una paliza por defender al jodido chino que lo regenta. Evitar un maltrato a una dama y devolver a un tarado al talego. Obviamente, el culpable de todo fui yo. Si le preguntáis a cualquiera de ese lugar.

Maussil se sienta enfrente de mí. Como si ya estuviese todo hecho. Le doy un par de euros y le conmino a que acuda a pedir. También tarda más de la cuenta. Y sale, y me cuenta el típico rollo. ‘Es que anoche aquí… Teresa, Isabel… hubo pelea y dice que no nos sirve, le digo pero es para el chico...!’. Y con esto se hace el convaleciente. Me sonrío, porque para qué llorar. Un camionero está en la mesa de al lado. Nos conocemos. Cuatro desgraciados con una mujer en la contigua. La niña embarazada aparece de nuevo y se sienta en la primera. Con el camionero y un señor orondo con un bigote tupido y sombrero que aparenta carisma. El querubín que la ha dejado preñada parece ser el niño que se encuentra más alejado sentado en una silla del portal. Sin embargo ella ya se cree en la sabiduría de todo cuanto habita. Porque está de seis meses. Y ya sabe lo que es la mutación de un feto en su interior. Maussil me propone ir a por las bebidas al locutorio de al lado. Acepto con resignación. Al levantarme se levanta conmigo ligeramente mi silla así que la ayudo un poco más y cae en volandas a la carretera. Ahí está bien, concluyo mentalmente. Pero siempre hay alguien disconforme con las inercias de la vida. Y uno de tantos gilipollas que se recluyen ahí para aparentar concordia dentro de unas vidas miserables, espeta. ‘Se ha caído la silla!’. ‘Recógela tú’. ‘Pero eso no es hombre’. ‘La quieres recoger tú?’. Y en eso que alzo la vista y el mamón de Maussil ya lo estaba haciendo cual siervo del sistema. Cual deprimente siervo del sistema. Mi proceder es así contrariado. Y reincide el gilipollas mientras ya me estaba marchando; un señor flaco con gafas de vista oscuras plateadas y también bigote. ‘Y por qué la tiras?’. Me acerco por detrás, yo llevo las de sol. ‘Porque me sale de los huevos’. ‘Ah si? Eres muy guapo tú’. ‘Así es’.

Vamos al locutorio. Allí hay un gitano de casta. Con el que también tuve una especie de contrariedad hace unos días y salió por patas con su por entonces novia en un patinete. Me mira, pero no observo nada peculiar en él. Salvo el hecho de que él sabe y yo sé. La idea era coger unas cervezas y tomarlas fuera. Pero la verdad es que el tamarindo de ese locutorio es una delicia. Y yo aún vengo despistado y ligeramente conturbado por el episodio precedente. No lo pienso. Tamarindo debe ser uno de mis jugos preferidos. Procedente de Tailandia. Una maravilla. Y el que sí que no lo piensa es Maussil, y después de mí, con un disimulado recato, abre la nevera y extrae su bote de cerveza. Igual esperaba que se la sirviese yo con ponche. En fin... Conforme enfilo la puerta de salida ya lo he decidido. Vuelvo a ese bar. A esa silla. Y a tomar mi tamarindo tranquilamente en ella si me lo permiten. Pero en cuanto tomo la divisoria de la terraza veo al gilipollas que sigue ahí. No puedo dejar deudas pendientes, yo todo lo pago. Y esta vez me quito las gafas de sol, me acerco a él por delante y mirándolo bien a los ojos le digo, ‘ahora sí que soy guapo’. Este tipo de sarcasmos la verdad es que los entienden pocos. Así que el tipo vuelve a lo mismo. ‘No, pero eso no es hombre. La silla no se tira’. Bien. Me acerco a las inmediaciones de la misma mesa. Retiro cuidadosamente una, sopeso la otra, y la verdad es que son bastante volátiles. Así que la vuelvo a soltar. Y lógicamente vuelve a caer con cierto estruendo en un lado de la carretera. Maussil procede. Y la vuelve a colocar en su sitio con esta vez cierta agitación. Mientras tanto el gilipollas ha desaparecido. Al parecer ha ido a advertir al chino de que alguien está armando bulla en la terraza. Sale el chino. Mi chino. Actúa como un chino. En realidad le guardo cierta simpatía. Pese a todo. De momento. Por la calle una vez yendo yo muy despistado me saludó muy afablemente sin yo percatarme. Y le devolví el saludo con espontaneidad. Se había puesto gafas. Un acierto por su parte. Así que sale y tan solo se hace el despistado. Pero me ve, y me reconoce. ‘Quién arma jaleo aquí?’. La niña preñada que se encuentra de espaldas a mí en la mesa del aguerrido camionero espeta con zafiedad, ‘ése de ahí! Agg’. ‘No veo, no veo. Ese malo…’, murmura en lo que interpreto como un guiño. Pues no toma medida alguna y la cosa parece calmarse. A todo esto Maussil ya ha desaparecido por completo de la escena con su, ‘vámonos, vámonos, no quiero problemas’. ‘Yo tampoco quiero problemas’, le he dicho. Y sigue de pie, con la cerveza que yo le he pagado. ‘Siéntate o vete que me estás doliendo ya’, acabo por decirle. Y era completamente verdad. Todo mi esqueleto martirizado por un puñado de despreciables ratas. Sin embargo la gente de allí no está contenta con la apacibilidad que reina. Ahora tienen a un intruso con ellos. Que prácticamente nació en esa misma calle. Tribunal de las Aguas de Quart de Poblet. Pero mi cuerpo consigue relajarse en ese interludio. Y aprovecho para liarme un cigarro sin temblar. Mi tamarindo se va consumiendo poco a poco al compás. Hasta que pasado ese ilusorio momento, vuelve a salir el chino. ‘La gente de aquí no quiere que tú estar aquí’. Y de repente observa el bote de tamarindo sobre su mesa. Eso sí que lo alerta y termina de convencerlo sobre su proceder. ‘Eso de donde es! Eso no de aquí! Tú fuera!’. ‘Esto no es de aquí porque antes te has negado a servirme’, le digo entre el azoramiento que le afecta. ‘Yo pago mesa! Para que gente consuma de aquí!’. ‘Pero es que antes te has negado a servirme’, le repito. Mientras, se me ha apagado el cigarro. Y estoy buscando el mechero para volver a encenderlo. Él me increpa instigándome con celeridad a abandonar el lugar. A lo que yo accedo gustosamente, pero después de encender mi cigarro. Él parece tener prisa, y yo no tengo ninguna. Y por último, cuando ya se está alejando medianamente iracundo se gira antes de cruzar el umbral de la puerta de su bar y suelta un agudo ‘FUERA!’... ‘O llamo a la policía, llamo a la policía’. Así no chinito, así no. Me habría ido con total calma, pues a mí donde no me quieren no voy. Pero así no. Así que, improvisando simplemente cojo mi jugo de tamarindo tras la hazaña de haber logrado encender mi cigarro y me siento en el escalón de la misma puerta. Supongo que ahí tampoco me puede decir ya nada la supuesta policía. Y ya no ocupo las mesas alquiladas del chino. En fin... Es aquí entonces, desde esta perspectiva cuando me apercibo de todo lo que está sucediendo de verdad ahí. Mi cara es de impavidez. La niña preñada esta vez me queda de frente. Y espeta con total intención ante mi parsimonia, ‘ay qué pena...’. Los de la mesa de cuatro con la mujer tienen unos rostros que harían vomitar a un gusano. Y ríen. Y de pronto, al yo advertirlos, la mujer agarra a uno de su costado por el brazo y le da un beso. “Somos felices, y tú eres un marginado”, es lo único que todos quieren decir. La preñada se levanta. Y vuelve a lo mismo, tras mirarnos varias veces. ‘Ay qué pena...’. Pero nada apenada, todo lo contrario. Un ademán aprendido de su vieja, sencillamente. Y que le vendrá de perlas a esa criatura para fortalecerse y crecer con dignidad, seguro. Bueno, sólo es una niña, todos tienen tiempo aún de aprender y madurar. De esto sabe bien el camionero, que lo mira todo con resignación. Entonces por fin. Una sonrisa real nace de mis labios cuando aparece una pareja con dos criaturas una de ellas una niña en carro y el otro un niño de la mano del padre que al detenerse éste a charlar un poco con la mesa del camionero y el bigotudo orondo el niño queda a mi altura y me mira. Le guiño un ojo, se aspavienta con cierto asombro, y ahí nace ella. Vuelve la atención hacia mí mientras su padre conversa y le hago un par de sutiles muecas más. He captado su atención. Es suficiente. El padre se despide, gira la cabeza y me mira momentáneamente, rostro en el que tampoco percibo absolutamente nada. Mi tamarindo llega a su fin. Pienso en la despedida. Es absurdo. Todo ha sido tan absurdo... Así que me levanto para tan sólo dejar mi jugo vacío en una mesa colindante y aparece el chino que al parecer ya se había olvidado de mí con la intención de dirigirse a las mesas. Simplemente lo miro, me queda un sorbo, alzo mi copa ante sus narices, ‘ésta por Bruce Lee’. Dejo el bote en la mesa y me marcho. El chino agacha la cabeza. Y mientras me voy escucho entre el coro de voces que hay tras de mí, ‘hay quien no lo acepta...’.

Enfilo la calle pendiente abajo, diviso una papelera de metal, le asesto un golpe preciso con el puño flexionando mis piernas y encorvando la espalda. De nuevo soy un héroe. Para los pocos que tengan conciencia y capacidad de meditar. Doblo la esquina, atravieso el pasadizo que hay justo detrás de la finca de mis padres. Otro gilipollas que me lanzó una indirecta descarada hace unos días se encuentra sentado en el último banco con su perro negro de pequeña estatura. ‘Payaso’, le digo al pasar. El tipo me mira con algo de desconcierto, pero de repente el perro empieza a coletear, me detengo y ya sólo me dirijo a él. ‘Eh payaso, payasete, qué pasa’, le digo mientras lo acaricio y la agitación de su rabo aumenta. Tuerzo otra esquina esta vez ya en dirección próxima a mi casa. Prosigo andando. Es mi calle. Donde me crié. Las lágrimas quieren salir. Pero no, es mi jodida calle.

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